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La Coctelera

diccionario harry potter

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hola soy una chica de 13 años y me gustaria conocerte

ola
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cuento

El día había transcurrido del modo como suelen transcurrir estos días; lo había malbaratado, lo había consumido suavemente con mi manera primitiva y extraña de vivir; había trabajado un buen rato, dando vueltas a los libros viejos; había tenido dolores durante dos horas, como suele tenerlos la gente de alguna edad; había tomado unos polvos y me había alegrado de que los dolores se dejaran engañar; me había dado un baño caliente, absorbiendo el calorcillo agradable; había recibido tres veces el correo y hojeado las cartas, todas sin importancia, y los impresos, había hecho mi gimnasia respiratoria, dejando hoy por comodidad los ejercicios de meditación; había salido de paseo una hora y había visto dibujadas en el cielo bellas y delicadas muestras de preciosos cirros. Esto era muy bonito, igual que la lectura en los viejos libros y el estar tendido en el baño caliente; pero, en suma, no había sido precisamente un día encantador, no había sido un día radiante, de placer y Ventura, sino simplemente uno de estos días como tienen que ser, por lo visto, para mí desde hace mucho tiempo los corrientes y normales; días mesuradamente agradables, absolutamente llevaderos, pasables y tibios, de un señor descontento y de cierta edad; días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse.

El que haya gustado los otros días, los malos, los de los ataques de gota o los del maligno dolor de cabeza clavado detrás de los globos de los ojos, y convirtiendo, por arte del diablo, toda actividad de la vista y del oído de una satisfacción en un tormento, o aquellos días de la agonía del espíritu, aquellos días terribles del vacío interior y de la desesperanza, en los cuales, en medio de la tierra destruida y esquilmada por las sociedades anónimas, nos salen al paso, con sus muecas como un vomitivo, la humanidad y la llamada cultura con su fementido brillo de feria, ordinario y de hojalata, concentrado todo y llevado al colmo de lo insoportable dentro del propio yo enfermo; el que haya gustado aquellos días infernales, ése ha de estar muy contento con estos días normales y mediocres como el de hoy; lleno de agradecimiento se sentará junto a la amable chimenea y con agradecimiento comprobará, al leer el periódico de la mañana, que no se ha declarado ninguna nueva guerra ni se ha erigido en ninguna parte ninguna nueva dictadura, ni se ha descubierto en política ni en el mundo de los negocios ningún chanchullo de importancia especial; con agradecimiento habrá de templar las cuerdas de su lira enmohecida para entonar un salmo de gratitud mesurado, regularmente alegre y casi placentero, con el que aburrir a su callado y tranquilo dios contentadizo y mediocre, como anestesiado con un poco de bromuro; y en el ambiente de tibia pesadez de este aburrimiento medio satisfecho, de esta carencia de dolor tan de agradecer, se parecen los dos como hermanos gemelos, el monótono y adormilado dios de la mediocridad y el hombre mediocre algo encanecido que entona el salmo amortiguado.

Es algo hermoso esto de la autosatisfacción, la falta de preocupaciones, estos días llevaderos, a ras de tierra, en los que no se atreven a gritar ni el dolor ni el placer, donde todo no hace sino susurrar y andar de puntillas. Ahora bien, conmigo se da el caso, por desgracia, de que yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores. Cuando he estado una temporada sin placer y sin dolor y he respirado la tibia e insípida soportabilidad de los llamados días buenos, entonces se llena mi alma infantil de un sentimiento tan doloroso y de miseria, que al dormecino dios de la semisatisfacción le tiraría a la cara satisfecha la mohosa lira de la gratitud, y más me gusta sentir dentro de mí arder un dolor verdadero y endemoniado que esta confortable temperatura de estufa. Entonces se inflama en mi interior un fiero afán de sensaciones, de impresiones fuertes, una rabia de esta vida degradada, superficial, esterilizada y sujeta a normas, un deseo frenético de hacer polvo alguna cosa, por ejemplo, unos grandes almacenes o una catedral, o a mí mismo, de cometer temerarias idioteces, de arrancar la peluca a un par de ídolos generalmente respetados, de equipar a un par de muchachos rebeldes con el soñado billete para Hamburgo, de seducir a una jovencita o retorcer el pescuezo a varios representantes del orden social burgués. Porque esto es lo que yo más odiaba, detestaba y maldecía principalmente en mi fuero interno: esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo mediocre, normal y corriente.

En tal disposición de ánimo terminaba yo, al oscurecer, aquel día adocenado y llevadero. No lo terminaba de la manera normal y conveniente para un hombre algo enfermo, entregándome a la cama preparada y provista de una botella de agua caliente a modo de imán; sino que insatisfecho y asqueado por mi poquito de trabajo y descorazonado, me calcé los zapatos, me embutí en el abrigo, dirigiéndome a la calle rodeado de niebla y oscuridad, para beber en la hostería del Casco de Acero lo que los hombres que beben llaman «un vaso de vino«, según un convencionalismo antiguo.

Así bajaba yo, pues, la escalera de mi sotabanco, estas penosas escaleras de la tierra extraña, estas escaleras burguesas, cepilladas y limpias, de una decentísima casa de alquiler para tres familias, junto a cuyo tejado tenía yo mi celda. No sé cómo es esto, pero yo, el lobo estepario sin hogar, el enemigo solitario del mundo de la pequeña burguesía, yo vivo siempre en verdaderas casas burguesas. Esto debe ser un viejo sentimentalismo por mi parte. No vivo en palacios ni en casas de proletarios, sino siempre exclusivamente en estos nidos de la pequeña burguesía, decentísimos, aburridísimos e impecablemente cuidados, donde huele a un poco de trementina y a un poco de jabón y donde uno se asusta, si alguna vez se da un golpazo al cerrar la puerta de la casa o si se entra con los zapatos sucios. Me gusta sin duda esta atmósfera desde los años de mi infancia, y mi secreta nostalgia hacia algo así como un hogar me lleva, sin esperanza, una y otra vez, por estos necios caminos.

Así es, y me gusta también el contraste en el que está mi vida, mi vida solitaria, ajetreada y sin afectos, completamente desordenada, con este ambiente familiar y burgués. Me complace respirar en la escalera este olor de quietud, orden, limpieza, decencia y domesticidad, que a pesar de mi odio a la burguesía tiene siempre algo emotivo para mí, y me complace luego atravesar la puerta de mi cuarto, donde todo esto termina, donde entre los montones de libros me encuentro las colillas de los cigarros y las botellas de vino, donde todo es desorden, abandono e incuria, y donde todo, libros, manuscritos, ideas, está sellado e impregnado por la miseria del solitario, por la problemática de la naturaleza humana, por el vehemente afán de dotar de un nuevo sentido a la vida del hombre que ha perdido el que tenía.

Y entonces pasé junto a la araucaria. En efecto, en el primer piso de esta casa desemboca la escalera en el pequeño vestíbulo de una vivienda, que sin duda es aún más impecable, más limpia y más lustrosa que las demás, pues este modesto vestíbulo reluce por un cuidado sobrehumano, es un brillante y pequeño templo del orden. Sobre el suelo de parqué, que uno no se atreve a pisar, hay dos elegantes taburetes, y sobre cada taburete una gran maceta; en una crece una azalea, en la otra una araucaria bastante magnífica, un árbol infantil sano y recto, de la mayor perfección, y hasta la última hoja acicular de la última rama reluce con la más fresca nitidez. A veces, cuando me creo inobservado, uso este lugar como templo, me siento en un escalón sobre la araucaria, descanso un poco, junto las manos y miro con devoción hacia abajo a este jardín del orden, cuyo aspecto emotivo y ridícula soledad me conmueven el alma de un modo extraño. Detrás de este vestíbulo, por decirlo así, en la sombra sagrada de la araucaria, barrunto una vivienda llena de caoba reluciente, una vida llena de decencia y de salud, de levantarse temprano y cumplimiento del deber, fiestas familiares alegres con moderación, visitas a la iglesia los domingos y acostarse a primera hora.

Con fingida alegría me puse a trotar sobre el asfalto de las calles, húmedo por la niebla. Las luces de los faroles, lacrimosas y empeñadas, miraban a través de la blanda opacidad y absorbían del suelo mojado los difusos reflejos. Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines de otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama. Ahora ya esto había pasado, este cáliz había sido apurado, y ya no me lo volverían a llenar. ¿Habría que lamentarlo? No. No había que lamentar nada de lo pasado. Era de lamentar lo de ahora, lo de hoy, todas estas horas y días que yo iba perdiendo, que yo en mi soledad iba sufriendo, que ya no traían ni dones agradables ni conmociones profundas. Pero, gracias a Dios, no dejaba también de haber excepciones: a veces, aunque raras, había también horas que traían hondas sacudidas y dones divinos, horas demoledoras, que a mí, extraviado, volvían a transportarme junto al palpitante corazón del mundo. Triste y, sin embargo, estimulado en lo más íntimo, procuré acordarme del último suceso de esta clase. Había sido en un concierto. Tocaban una antigua música magnífica. Entonces, entre dos compases de un pasaje pianístico tocado por oboes, se me había vuelto a abrir de repente la puerta del más allá, había cruzado los cielos y vi a Dios en su tarea, sufrí dolores bienaventurados, y ya no había de oponer resistencia a nada en el mundo, ni de temer en el mundo a nada ya, había de afirmarlo todo y de entregar a todo mi corazón.

No duró mucho tiempo, acaso un cuarto de hora; volvió en sueños aquella noche, y desde entonces, a través de los días de tristeza, surgía radiante alguna que otra vez de un modo furtivo; lo veía a veces cruzar claramente por mi vida durante algunos minutos, como una huella de oro, divina, envuelta casi siempre profundamente en cieno y en polvo, brillar luego otra vez con chispas de oro, pareciendo que no había de perderse ya nunca, y, sin embargo, perdida pronto de nuevo en los profundos abismos. Una vez sucedió por la noche que, estando despierto en la cama, empecé de pronto a recitar versos, versos demasiado bellos, demasiado singulares para que yo hubiera podido pensar en escribirlos, versos que a la mañana siguiente ya no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja. Otra vez tomó la visión con la lectura de un poeta, con la meditación sobre un pensamiento de Descartes o de Pascal; aún en otra ocasión volvió a surgir, estando un día con mi amada, y a conducirme más adentro en el cielo. ¡Ah, es difícil encontrar esa huella de Dios en medio de esta vida que llevamos, en medio de este siglo tan contestadizo, tan burgués, tan falto de espiritualidad, a la vista de estas arquitecturas, de estos negocios, de esta política, de estos hombres! ¿Cómo no había yo de ser un lobo estepario y un pobre anacoreta en medio de un mundo, ninguno de cuyos fines comparto, ninguno de cuyos placeres me llama la atención? No puedo aguantar mucho tiempo ni en un teatro ni en un cine, apenas puedo leer un periódico, rara vez un libro moderno; no puedo comprender qué clase de placer y de alegría buscan los hombres en los hoteles y en los ferrocarriles totalmente llenos, en los cafés repletos de gente oyendo una música fastidiosa y pesada; en los bares y varietés de las elegantes ciudades lujosas, en las exposiciones universales, en las carreras, en las conferencias para los necesitados de ilustración, en los grandes lugares de deportes; no puedo entender ni compartir todos estos placeres, que a mí me serían desde luego asequibles y por los que tantos millares de personas se afanan y se agitan. Y lo que, por el contrario, me sucede a mí en las raras horas de placer, lo que para mí es delicia, suceso, elevación y éxtasis, eso no lo conoce, ni lo ama, ni lo busca el mundo más que si acaso en las novelas; en la vida, lo considera una locura. Y en efecto, si el mundo tiene razón, si esta música de los cafés, estas diversiones en masa, estos hombres americanos contentos con tan poco tienen razón, entonces soy yo el que no la tiene, entonces es verdad que estoy loco, entonces soy efectivamente el lobo estepario que tantas veces me he llamado, la bestia descarriada en un mundo que le es extraño e incomprensible, que ya no encuentra ni su hogar, ni su ambiente, ni su alimento.

Con estas ideas habituales seguí andando por la calle humedecida, atravesando uno de los más tranquilos y viejos barrios de la ciudad. De pronto vi en la oscuridad, al otro lado de la calle, enfrente de mí, una vieja tapia parda de piedras, que siempre me gustaba mirar; allí estaba siempre, tan vieja y tan despreocupada, entre una iglesia pequeña y un antiguo hospital; de día me gustaba poner los ojos con frecuencia en su tosca superficie. Había pocas superficies tan calladas, tan buenas y tranquilas en el interior de la ciudad, donde, por otra parte, en cada medio metro cuadrado le gritaba a uno a la cara su anuncio una tienda, un abogado, un inventor, un médico, un barbero o un callista. También ahora volví a ver a la vieja tapia gozando tranquila de su paz, y, sin embargo, algo había cambiado en ella; vi una pequeña y linda puerta en medio de la tapia con un arco ojival y me desconcerté, pues no sabía ya en realidad si esta puerta había estado siempre allí, o la habían puesto recientemente. Vieja parecía, sin duda, viejísima; probablemente la pequeña entrada cerrada, con su puerta oscura de madera, había servido de paso hace ya siglos a un soñoliento patio conventual, y todavía hoy servía para lo mismo, aun cuando el convento ya no existiera; y probablemente había visto yo cien veces la puerta, sólo que no me había dado cuenta de ella, quizás estaba recién pintada y por eso me llamaba la atención. Sea como fuere, me quedé parado mirando atentamente hacia aquella acera, sin atravesar, sin embargo; la calle por el centro tenía el piso tan blando y mojado... Me quedé en la otra acera, mirando simplemente hacia aquel lado, era ya de noche, y me pareció que en torno de la puerta había una guirnalda o alguna cosa de colores. Y entonces, al esforzarme por ver con más precisión, distinguí sobre el hueco de la puerta un escudo luminoso, en el que me parecía que había algo escrito. Apliqué con afán los ojos y por fin atravesé la calle, a pesar del lodo y el barro. Entones vi sobre la puerta, en el verde pardusco y viejo de la tapia, un espacio tenuemente iluminado, por el que corrían y desaparecían rápidamente letras movibles de colores, volvían a aparecer y se esfumaban. También han profanado, pensé, esta vieja y buena tapia para un anuncio luminoso. Entretanto, descifré algunas de las palabras fugitivas, eran difíciles de leer y había que adivinarías en parte, las letras aparecían con intervalos desiguales, pálidas y borrosas, y desaparecían inmediatamente.

El hombre que quería hacer su negocio con esto, no era hábil, era un lobo estepario, un pobre diablo. ¿Por qué ponía en juego sus letras aquí, sobre esta tapia, en la calleja más tenebrosa de la ciudad vieja, a esta hora, cuando nadie pasa por aquí, y por qué eran tan fugitivas y ligeras las letras, tan caprichosas y tan ilegibles? Pero... ya lo logré: conseguí atrapar varias palabras, unas detrás de otras, que decían: Teatro mágico.
Entrada no para cualquiera.
No para cualquiera.

Intenté abrir la puerta, el viejo y pesado picaporte no cedía a ningún esfuerzo. El juego de las letras había terminado, cesó de pronto, tristemente, como consciente de su inutilidad. Retrocedí algunos pasos, me metí en el fango hasta los tobillos, ya no aparecían más letras. El juego se había extinguido. Permanecí mucho rato de pie en el lodo y esperé; en vano.

Luego, cuando ya hube renunciado y estaba otra vez sobre la acera, cayeron por delante de mí un par de letras luminosas de colores sobre el espejo del asfalto.

Leí:
¡Sólo... para... lo... cos!

Se me habían mojado los pies, y me estaba helando, pero aún permanecí un gran rato en acecho. Nada más. Mientras estuve allí de pie pensando cómo los bonitos fuegos fatuos de las tenues y pintadas letras habían bailoteado sobre la tapia húmeda y sobre el asfalto negro brillante, se me volvió a ocurrir de repente una fracción de mi anterior pensamiento: la alegría de la huella de oro resplandeciente, que se aleja tan pronto y no puede encontrarse.

Me helaba y seguí andando, soñando con aquella huella, suspirando por la puerta de un teatro mágico, sólo para locos. Entretanto había entrado en el barrio del mercado, donde no faltaban diversiones nocturnas. Cada dos pasos había un anuncio y atraía un cartel:

«Orquesta femenina. Varietés. Cine. Dancing.» Pero todo esto no era nada para mí, era para «cualquiera», para normales, como en efecto los veía penetrar en grandes grupos por aquellas puertas. A pesar de todo, mi tristeza estaba un poco aclarada: ¡como que me había tocado un saludo del otro mundo!, un par de letras de colores habían bailado y jugueteado sobre mi alma y habían rozado acordes íntimos, un resplandor de la huella de oro se había hecho otra vez visible.

Busqué la pequeña y antigua taberna, en la que nada había cambiado desde mi primera estancia en esta ciudad hace unos veinticinco años, también la tabernera era todavía la de antes, y algunos de los parroquianos de hoy estuvieron ya entonces sentados aquí, en el mismo sitio, ante los mismos vasos. Entré en el modesto cafetín, aquí podía uno refugiarse. Ciertamente que era sólo un refugio como, por ejemplo, el de la escalera junto a la araucaria; aquí tampoco encontraba yo hogar ni comunidad, sólo hallaba un lugar de observación, ante un escenario, en el cual gente extraña representaba extrañas comedias; pero al menos este lugar apacible tenía en sí algo de valor: no había muchedumbre, ni gritería, ni música, solamente un par de ciudadanos tranquilos ante mesas de madera sin tapete (¡ni mármoles, ni porcelana, ni peluche, ni latón dorado!), y ante cada uno, un buen vaso, un buen vino fuerte. Quizás este par de parroquianos, a todos los cuales conocía yo de vista, eran verdaderos filisteos y tenían en sus casas, en sus viviendas de filisteos, pobres altares domésticos con ídolos de buen conformar; quizá también eran mozos solitarios y descarrilados como yo, tranquilos y meditabundos bebedores, de quebrados ideales, lobos de la estepa y pobres diablos ellos también; yo no lo sabía. De cada uno de ellos tiraba hacia aquí una nostalgia, un desengaño, una necesidad de compensación; el casado buscaba la atmósfera de su época de soltero, el viejo funcionario, la reminiscencia de sus años de estudiante; todos ellos eran bastante taciturnos, y todos eran bebedores y preferían, lo mismo que yo, estar aquí sentados ante medio litro de vino de Alsacia a oír una orquesta de señoritas.

Aquí atraqué, aquí se podía aguantar una hora, acaso dos. Apenas hube tomado un trago del Alsacia, cuando noté que hoy no había comido nada fuera del desayuno.

Es maravilloso todo lo que el hombre puede tragar. Durante unos buenos diez minutos estuve leyendo un periódico, dejando entrar por los ojos el espíritu de un individuo irresponsable, que rumia y mastica las palabras de otro, pero las devuelve sin digerir. Esto ingerí, toda una columna entera. Y luego devoré un buen trozo de hígado, recortado del cuerpo de una ternera sacrificada. ¡Maravilloso! Lo mejor era el alsaciano.

No me gustan los vinos de fuerza, fogosos, por lo menos no son para todos los días, vinos que atraen con fuertes encantos y tienen sabores famosos y especiales. Prefiero generalmente vinos de la tierra muy puros, ligeros, modestos, sin nombre especial; se puede tolerar mucho de estos vinos, y tienen un sabor tan bueno y agradable, a campo, a tierra, a cielo y a bosque. Un vaso de vino de Alsacia y un trozo de buen pan, esa es la mejor de todas las comidas. Ahora ya tenía yo dentro una porción de hígado, goce especialísimo para mí, que rara vez como carne, y tenía delante el segundo vaso. También esto era maravilloso, que en verdes valles de alguna parte buena gente vigorosa cultivara vides y se sacara vino, para que acá y allá por todo el mundo, lejos de ellos, algunos ciudadanos desengañados y que empinan el codo calladamente, algunos incorregibles lobos esteparios pudieran extraer a sus vasos un poco de confianza y de alegría.

Y por mí, ¡que siga siendo tan maravilloso! Estaba bien, entonaba, volvía el buen humor. A propósito de la ensalada de palabras del artículo del periódico, me salió tardía una carcajada liberadora, y repentinamente volví a acordarme de la olvidada melodía de aquellos dulces compases de oboes: como una pequeña y reluciente pompa de jabón la sentí ascender dentro de mí, brillar, reflejar policromo y pequeño el mundo entero y romperse de nuevo suavemente. Si había sido posible que esta pequeña melodía celestial echara misteriosamente raíces en mi alma y un día dentro de mí hiciera brotar su encantadora flor con todos los bellos matices, ¿podía estar yo irremisiblemente perdido? Y aunque yo fuera una bestia descarriada, incapaz de comprender al mundo que la rodea, no dejaba de haber un sentido en mi vida insensata, algo dentro de mí respondía, era receptor de llamadas de lejanos mundos superiores, en mi cerebro se habían animado mil imágenes:
Coros de ángeles de Giotto, de una pequeña bóveda azul en una iglesia de Padua, y junto a ellos iban Hamlet y Ofelia coronada de flores, bellas alegorías de toda la tristeza y de toda incomprensión en el mundo; allí estaba en el globo ardiendo el aeronauta Gianozzo y tocaba la trompeta; Atila Schmelzle llevaba en la mano su sombrero nuevo; el Borobudur hacía saltar su montaña de esculturas. Y aun cuando todas estas bellas figuras vivieran también en otros mil corazones, todavía quedaban otras diez mil imágenes y melodías desconocidas, para las cuales sólo dentro de mí había un asilo, unos ojos que las vieran, unos oídos que las escucharan. La vieja tapia del hospital con el viejo color verde pardo, sucia y ruinosa, en cuyas grietas y ruinas podía uno imaginarse cientos de frescos, ¿quién se ponía a tono con ella, quién se adentraba en su espíritu, quién la amaba, quién percibía el encanto de sus colores en dulce agonía? Los viejos libros de los monjes, con las miniaturas tenuemente brillantes, y los libros olvidados por su pueblo de los poetas alemanes de hace doscientos y de hace cien años, todos los tomos manoseados y carcomidos por la humedad, y los impresos y manuscritos de los músicos antiguos, las tiesas y amarillentas hojas de notas con fosilizados sueños de armonías, ¿quién escuchaba sus voces espirituales, picarescas y nostálgicas, quién llevaba el corazón lleno de su espíritu y de su encanto a través de una edad tan diferente y tan lejana a ellos? ¿Quién se acordaba ya de aquel pequeño y duro ciprés en lo más alto de la montaña sobre Gubbio, tronchado y partido por una roca desprendida y aferrado, sin embargo, a vivir, hasta el punto de echar una nueva copa modesta y fragante? ¿Quién hacía justicia a la cuidadosa señora del primer piso y a su reluciente araucaria? ¿Quién leía de noche sobre las aguas del Rin las escrituras que dejaban trazadas en el cielo las nubes viajeras? Era el lobo estepario. ¿Y quién buscaba entre los escombros de la propia vida el sentido que se había llevado el viento, quién sufría lo aparentemente absurdo y vivía lo aparentemente loco y esperaba secretamente aún en el último caos errante la revelación y proximidad de Dios?

Aparté mi vaso, que la tabernera quería volver a llenarme, y me levanté. Ya no necesitaba más vino. La huella de oro había relampagueado, me había hecho recordar lo eterno, a Mozart y a las estrellas. Podía volver a respirar una hora, podía vivir, podía existir, no necesitaba sufrir tormentos, ni tener miedo, ni avergonzarme.

La finísima y tenue lluvia impulsada por el viento frío tremaba en torno a los faroles y brillaba con helado centelleo, cuando salí a la calle desierta ya. ¿Adónde ahora? Si hubiese dispuesto en aquel momento de una varita de virtud, se me hubiera presentado al punto un pequeño y lindo salón estilo Luis XVI, en donde un par de buenos músicos me hubiesen tocado dos o tres piezas de Hándel y de Mozart. Para una cosa así tenía mi espíritu dispuesto en aquel instante, y me hubiera sorbido la música noble y serena, como los dioses beben el néctar. Oh, ¡si yo hubiese tenido ahora un amigo, un amigo en una bohardilla cualquiera, ocupado en cualquier cosa a la luz de una bujía y con un violín por allí en cualquier lado! ¡Cómo me hubiese deslizado hasta su callado refugio nocturno, hubiera trepado sin hacer ruido por las revueltas de la escalera y lo hubiera sorprendido, celebrando en su compañía con el diálogo y la música dos horas celestiales aquella noche! Con frecuencia había gustado esta felicidad antiguamente, en años pasados ya, pero también esto se me había alejado con el tiempo y estaba privado de ello; años marchitos se habían interpuesto entre aquello y esto.

Lentamente emprendí el camino hacia mi casa, me levanté el cuello del gabán y apoyé el bastón en el suelo mojado. Aun cuando quisiera recorrer el camino muy despacio, pronto me hallaría sentado otra vez en mi sotabanco, en mi pequeña ficción de hogar, que no era de mi gusto, pero de la cual no podía prescindir, pues para mí había pasado ya el tiempo en que pudiera andar ambulando al aire libre toda una madrugada lluviosa de invierno. Ea, ¡en el nombre de Dios! Yo no quería estropearme el buen humor de la noche, ni con la lluvia, ni con la gota, ni con la araucaria; y aunque no podía contar con una orquesta de cámara y aunque no pudiera encontrarse un amigo solitario con un violín, aquella linda melodía seguía, sin embargo, en mi interior, y yo mismo podía tarareármela con toda claridad cantándola por lo bajo en rítmicas inspiraciones. No, también se las podía uno arreglar sin música de salón y sin el amigo, y era ridículo consumirse en impotentes afanes sociales. Soledad era independencia, yo me la había deseado y la había conseguido al cabo de largos años. Era fría, es cierto, pero también era tranquila, maravillosamente tranquila y grande, como el tranquilo espacio frío en que se mueven las estrellas.

De un salón de baile por el que pasé, salió a mi encuentro una violenta música de jazz, ruda y cálida como el vaho de carne cruda. Me quedé parado un instante: siempre tuvo esta clase de música, aunque la execraba tanto, un secreto atractivo para mí. El jazz me producía aversión, pero me era diez veces preferible a toda la música académica de hoy, llegaba con su rudo y alegre salvajismo también hondamente hasta el mundo de mis instintos, y respiraba una honrada e ingenua sensualidad.

Estuve un rato olfateando, aspirando por la nariz esta música chillona y sangrienta; venteé, con envidia y perversidad, la atmósfera de estas salas. Una mitad de esta música, la lírica, era pegajosa, superazucarada y goteaba sentimentalismo; la otra mitad era salvaje, caprichosa y enérgica, y, sin embargo, ambas mitades marchaban juntas ingenua y pacíficamente y formaban un todo. Era música decadentista. En la Roma de los últimos emperadores tuvo que haber música parecida. Naturalmente que comparada con Bach y con Mozart y con música verdadera, era una porquería..., pero esto mismo era todo nuestro arte, todo nuestro pensamiento, toda nuestra aparente cultura, si la comparamos con cultura auténtica. Y esta música tenía la ventaja de una gran sinceridad, de un negrismo innegable evidente y de un humorismo alegre e infantil.

Tenía algo de los negros y algo del americano, que a nosotros los europeos, dentro de toda su pujanza, se nos antoja tan infantilmente nuevo y tan aniñado. ¿Llegaría también Europa a ser así? ¿Estaba ya en camino de ello? ¿Erramos nosotros, los viejos conocedores del mundo antiguo, de la antigua música verdadera, de la antigua poesía legítima, éramos nosotros únicamente una exigua y necia minoría de complicados neuróticos, que mañana seríamos olvidados y puestos en ridículo? Lo que nosotros llamábamos «cultura», espíritu, alma, lo que teníamos por bello y por sagrado, ¿era todo un fantasma no más, muerto hace tiempo y tenido por auténtico y vivo todavía solamente por un par de locos como nosotros? ¿Acaso no habría sido auténtico nunca, ni habría estado vivo jamás? ¿Habría podido ser siempre una quimera y sólo una quimera eso por lo que tanto nos afanamos nosotros los locos?

El viejo barrio de la ciudad me acogió. Esfumada e irreal, allí estaba la pequeña iglesia, envuelta en tonalidad gris. De pronto se me representó de nuevo el suceso de la tarde, con la enigmática puerta de arco ojival, con la enigmática placa encima, con las letras luminosas bailoteando burlescamente. ¿Qué decían sus inscripciones? «Entrada no para cualquiera» y «Sólo para locos». Examiné con la mirada la vieja tapia de la otra acera, deseando íntimamente que el encanto volviese a empezar y la inscripción me invitara de nuevo a mí, loco, y la pequeña puerta me dejara pasar. Allí quizás estuviera lo que yo anhelaba, allí tal vez tocaran música.

Tranquila me miraba la oscura pared de piedra, envuelta en niebla profunda, hermética, hondamente abismada en su sueño. Y en ninguna parte había una puerta, en parte alguna un arco ojival, sólo la tapia oscura, callada, sin paso. Sonriente, seguí mi camino, saludé amable con la cabeza al tapial: «Buenas noches, tapia; yo no te despierto. El tiempo vendrá en que te derribarán, te llenarán de codiciosos anuncios comerciales, pero entretanto aún estás ahí, aún eres bella y callada y me gustas.»

Surgiendo ante mí de una oscura bocacalle, me asustó un individuo, un solitario que se recogía tarde, con paso cansino, vestido de blusa azul y con una gorra en la cabeza; sobre los hombros llevaba un palo con un anuncio y delante del vientre, sujeto por una correa, un cajón abierto, como suelen llevarlos los vendedores en las ferias. Lentamente iba caminando delante de mí. No se volvió a mirarme; si no, lo hubiera saludado y le hubiese dado un cigarro. A la luz del primer farol intenté leer su estandarte, su anuncio rojo pendiente del palo, pero iba oscilando, no podía descifrarse nada. Entonces lo llamé y le rogué que me enseñara el anuncio. Se quedó parado y sostuvo el asta un poco más derecha; en aquel momento pude leer letras vacilantes e inseguras:
VELADA ANARQUISTA
TFATRO MAGICO
ENTRADA NO PARA CUAL...

-He estado buscando a usted -grité radiante-. ¿Qué es esa velada? ¿Dónde? ¿Cuándo es?

Él volvió a su camino:

-No es para cualquiera -dijo indiferente, con voz de sueño, y apretó el paso.

Ya iba cansado, y quería llegar cuanto antes a su casa.

-Espere -le grité, corriendo tras él-. ¿Qué lleva usted en el cajón? Le compraré algo.

Sin pararse, metió mano el hombre en su cajón; mecánicamente, sacó un pequeño folleto y me lo alargó. Lo cogí en seguida y me lo guardé. Mientras me desabrochaba el abrigo, para sacar dinero, torció él por una puerta cochera, cerró la puerta tras de sí y desapareció. En el patio aún resonaron sus pesados pasos, primero sobre losas de piedra, después subiendo una escalera de madera, luego ya no oí nada más. Y de pronto también yo me encontré muy cansado y tuve la sensación de que era muy tarde y de que estaría bien llegar a casa. Corrí más de prisa, y atravesando la dormida calleja del suburbio llegué a mi barrio de las antiguas murallas, donde viven los empleados y los pequeños rentistas en casas de alquiler modestas y limpias, tras de un poco de césped y de hiedra. Pasando por la hiedra, por el césped, por el pequeño abeto, alcancé la puerta de mi casa, di con la cerradura, hallé la llave de la luz, me deslicé junto a las puertas de cristales, pasé por los armarios barnizados y junto a las macetas, abrí mi cuarto, mi pequeña apariencia de hogar, donde me esperan el sillón y la estufa, el tintero y la caja de pinturas, Novalis y Dostoiewski, igual que los otros, a los hombres verdaderos, cuando vuelven a sus casas, los esperan la madre o la mujer, los hijos, las criadas, los perros y los gatos.

Cuando me quité el abrigo mojado, volví a tocar el pequeño opúsculo. Lo saqué, era un librillo mal impreso, en papel malo, como aquellos cuadernos El hombre que había nacido en enero o Arte de hacerse en ocho días veinte años más joven.

Pero cuando me hube acomodado en la butaca y me puse las gafas de leer, vi, con asombro y con la impresión de que de pronto se me abría de par en par la puerta del destino, el título en la cubierta de este folleto de feria: Tractat del lobo estepario. No para cualquiera

Y lo que sigue era el contenido del escrito, que yo leí de un tirón, con tensión siempre creciente.

TRACTAT DEL LOBO ESTEPARIO

No para cualquiera

Érase una vez un individuo, de nombre Harry, llamado el lobo estepario. Andaba en dos pies, llevaba vestidos y era un hombre, pero en el fondo era, en verdad, un lobo estepario. Había aprendido mucho de lo que las personas con buen entendimiento pueden aprender, y era un hombre bastante inteligente. Pero lo que no había aprendido era una cosa: a estar satisfecho de sí mismo y de su vida. Esto no pudo conseguirlo.

Acaso ello proviniera de que en el fondo de su corazón sabía (o creía saber) en todo momento que no era realmente un ser humano, sino un lobo de la estepa. Que discutan los inteligentes acerca de si era en realidad un lobo, si en alguna ocasión, acaso antes de su nacimiento ya, había sido convertido por arte de encantamiento de lobo en hombre, o si había nacido desde luego hombre, pero dotado del alma de un lobo estepario y poseído o dominado por ella, o por último, si esta creencia de ser un lobo no era más que un producto de su imaginación o de un estado patológico. No dejaría de ser posible, por ejemplo, que este hombre, en su niñez, hubiera sido acaso fiero e indómito y desordenado, que sus educadores hubiesen tratado de matar en él a la bestia y precisamente por eso hubieran hecho arraigar en su imaginación la idea de que, en efecto, era realmente una bestia, cubierta sólo de una tenue funda de educación y sentido humano. Mucho e interesante podría decirse de esto y hasta escribir libros sobre el particular; pero con ello no se prestaría servicio alguno al lobo estepario, pues para él era completamente indiferente que el lobo se hubiera introducido en su persona por arte de magia o a fuerza de golpes, o que se tratara sólo de una fantasía de su espíritu. Lo que los demás pudieran pensar de todo esto, y hasta lo que él mismo de ello pensara, no tenía valor para el propio interesado, no conseguiría de ningún modo ahuyentar al lobo de su persona.

El lobo estepario tenía, por consiguiente, dos naturalezas, una humana y otra lobuna; ése era su sino. Y puede ser también que este sino no sea tan singular y raro. Se han visto ya muchos hombres que dentro de sí tenían no poco de perro, de zorro, de pez o de serpiente, sin que por eso hubiesen tenido mayores dificultades en la vida. En esta clase de personas vivían el hombre y el zorro, o el hombre y el pez, el uno junto al otro, y ninguno de los dos hacía daño a su compañero, es más, se ayudaban mutuamente, y en muchos hombres que han hecho buena carrera y son envidiados, fue más el zorro o el mono que el hombre quien hizo su fortuna. Esto lo sabe todo el mundo. En Harry, por el contrario, era otra cosa; en él no corrían el hombre y el lobo paralelamente, y mucho menos se prestaban mutua ayuda, sino que estaban en odio constante y mortal, y cada uno vivía exclusivamente para martirio del otro, y cuando dos son enemigos mortales y están dentro de una misma sangre y de una misma alma, entonces resulta una vida imposible. Pero en fin, cada uno tiene su suerte, y fácil no es ninguna.

Ahora bien, a nuestro lobo estepario ocurría, como a todos los seres mixtos, que, en cuanto a su sentimiento, vivía naturalmente unas veces como lobo, otras como hombre; pero que cuando era lobo, el hombre en su interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre, hacía el lobo otro tanto. Por ejemplo, cuando Harry en su calidad de hombre tenía un bello pensamiento, o experimentaba una sensación noble y delicada, o ejecutaba una de las llamadas buenas acciones, entonces el lobo que llevaba dentro enseñaba los dientes, se reía y le mostraba con sangriento sarcasmo cuán ridícula le resultaba toda esta distinguida farsa a un lobo de la estepa, a un lobo que en su corazón tenía perfecta conciencia de lo que le sentaba bien, que era trotar solitario por las estepas, beber a ratos sangre o cazar una loba, y desde el punto de vista del lobo toda acción humana tenía entonces que resultar horriblemente cómica y absurda, estúpida y vana. Pero exactamente lo mismo ocurría cuando Harry se sentía lobo y obraba como tal, cuando le enseñaba los dientes a los demás, cuando respiraba odio y enemiga terribles hacia todos los hombres y sus maneras y costumbres mentidas y desnaturalizadas. Entonces era cuando se ponía en acecho en él precisamente la parte de hombre que llevaba, lo llamaba animal y bestia y le echaba a perder y le corrompía toda la satisfacción en su esencia de lobo, simple, salvaje y llena de salud.

Así estaban las cosas con el lobo estepario, y es fácil imaginarse que Harry no llevaba precisamente una vida agradable y venturosa. Pero con esto no se quiere decir que fuera desgraciado en una medida singularísima (aunque a él mismo así le pareciese, como todo hombre cree que los sufrimientos que le han tocado en suerte son los mayores del mundo). Esto no debiera decirse de ninguna persona. Quien no lleva dentro un lobo, no tiene por eso que ser feliz tampoco. Y hasta la vida más desgraciada tiene también sus horas luminosas y sus pequeñas flores de ventura entre la arena y el peñascal. Y esto ocurría también al lobo estepario. Por lo general era muy desgraciado, eso no puede negarse, y también podía hacer desgraciados a otros, especialmente si los amaba y ellos a él. Pues todos los que le tomaban cariño, no veían nunca en él más que uno de los dos lados. Algunos le querían como hombre distinguido, inteligente y original y se quedaban aterrados y defraudados cuando de pronto descubrían en él al lobo. Y esto era irremediable, pues Harry quería, como todo individuo, ser amado en su totalidad y no podía, por lo mismo, principalmente ante aquellos cuyo afecto le importaba mucho, esconder al lobo y repudiarlo. Pero también había otros que precisamente amaban en él al lobo, precisamente a lo espontáneo, salvaje, indómito, peligroso y violento, y a éstos, a su vez, les producía luego extraordinaria decepción y pena que de pronto el fiero y perverso lobo fuera además un hombre, tuviera dentro de sí afanes de bondad y de dulzura y quisiera además escuchar a Mozart, leer versos y tener ideales de humanidad. Singularmente éstos eran, por lo general, los más decepcionados e irritados, y de este modo llevaba el lobo estepario su propia duplicidad y discordia interna también a todas las existencias extrañas con las que se ponía en contacto.

Quien, sin embargo, suponga que conoce al lobo estepario y que puede imaginarse su vida deplorable y desgarrada, está, no obstante, equivocado, no sabe, ni con mucho, todo. No sabe (ya que no hay regla sin excepción y un solo pecador es en determinadas circunstancias preferido de Dios a noventa y nueve justos) que en el caso de Harry no dejaba de haber excepciones y momentos venturosos, que él podía dejar respirar, pensar y sentir alguna vez al lobo y alguna vez al hombre con libertad y sin molestarse, es más, que en momentos muy raros, hacían los dos alguna vez las paces y vivían juntos en amor y compañía, de modo que no sólo dormía el uno cuando el otro velaba, sino que ambos se fortalecían y cada uno de ellos redoblaba el valor del otro. También en la vida de este hombre parecía, como por doquiera en el mundo, que con frecuencia todo lo habitual, lo conocido, lo trivial y lo ordinario no habían de tener más objeto que lograr aquí o allí, un intervalo aunque fuera pequeñísimo, una interrupción, para hacer sitio a lo extraordinario, a lo maravilloso, a la gracia. Si estas horas breves y raras de felicidad compensaban y amortiguaban el destino siniestro del lobo estepario, de manera que la ventura y el infortunio en fin de cuentas quedaban equiparados, o si acaso todavía más, la dicha corta, pero intensa de aquellas pocas horas absorbía todo el sufrimiento y aun arrojaba un saldo favorable, ello es de nuevo una cuestión, sobre la cual la gente ociosa puede meditar a su gusto. También el lobo meditaba con frecuencia sobre ella, y éstos eran sus días más ociosos e inútiles.

A propósito de esto, aún hay que decir una cosa. Hay bastantes personas de índole parecida a como era Harry; muchos artistas principalmente pertenecen a esta especie.

Estos hombres tienen todos dentro de sí dos almas, dos naturalezas; en ellos existe lo divino y lo demoníaco, la sangre materna y la paterna, la capacidad de ventura y la capacidad de sufrimiento, tan hostiles y confusos lo uno junto y dentro de lo otro, como estaban en Harry el lobo y el hombre. Y estas personas, cuya existencia es muy agitada, viven a veces en sus raros momentos de felicidad algo tan fuerte y tan indeciblemente hermoso, la espuma de la dicha momentánea salta con frecuencia tan alta y deslumbrante por encima del mar del sufrimiento, que este breve relámpago de ventura alcanza y encanta radiante a otras personas. Así se producen, como preciosa y fugitiva espuma de felicidad sobre el mar de sufrimiento, todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento y un flujo y reflujo eternos y penosos, está infeliz y dolorosamente desgarrada, es terrible y no tiene sentido, si no se está dispuesto a ver dicho sentido precisamente en aquellos escasos sucesos, hechos, ideas y obras que irradian por encima del caos de una vida así. Entre los hombres de esta especie ha surgido el pensamiento peligroso y horrible de que acaso toda la vida humana no sea sino un tremendo error, un aborto violento y desgraciado de la madre universal, un ensayo salvaje y horriblemente desafortunado de la naturaleza. Pero también entre ellos es donde ha surgido la otra idea de que el hombre acaso no sea sólo un animal medio razonable, sino un hijo de los dioses y destinado a la inmortalidad.

Toda especie humana tiene sus caracteres, sus sellos, cada una tiene sus virtudes y sus vicios, cada una, su pecado mortal. A los caracteres del lobo estepario pertenecía el que era un hombre nocturno. La mañana era para él una mala parte del día, que le asustaba y que nunca le trajo nada agradable. Nunca estuvo verdaderamente contento en una mañana cualquiera de su vida, nunca hizo nada bueno en las horas antes de mediodía, nunca tuvo buenas ocurrencias ni pudo proporcionarse a sí mismo ni a los demás alegrías en esas horas. Sólo en el transcurso de la tarde se iba entonando y animando, y únicamente hacia la noche se mostraba, en sus buenos días, fecundo, activo y a veces fogoso y alegre. Nunca ha tenido hombre alguno una necesidad más profunda y apasionada de independencia que él. En su juventud, siendo todavía pobre y costándole trabajo ganarse el pan, prefería pasar hambre y andar con los vestidos rotos, si así salvaba un poco de independencia. No se vendió nunca por dinero ni por comodidades, nunca a mujeres ni a poderosos; más de cien veces tiró y apartó de sí lo que a los ojos de todo el mundo constituía sus excelencias y ventajas, para conservar en cambio su libertad. Ninguna idea le era más odiosa y horrible que la de tener que ejercer un cargo, someterse a una distribución del tiempo, obedecer a otros. Una oficina, una cancillería, un negociado eran cosas para él tan execrables como la muerte, y lo más terrible que pudo vivir en sueños fue la reclusión en un cuartel. A todas estas situaciones supo sustraerse, a veces mediante grandes sacrificios. En esto estaba su fortaleza y su virtud, aquí era inflexible, aquí era su carácter firme y rectilíneo. Pero a esta virtud estaban íntimamente ligados su sufrimiento y su destino. Le sucedía lo que les sucede a todos; lo que él, por un impulso muy íntimo de su ser, buscó y anheló con la mayor obstinación, logró obtenerlo, pero en mayor medida de la que es conveniente a los hombres. En un principio fue su sueño y su ventura, después su amargo destino. El hombre poderoso en el poder sucumbe; el hombre del dinero, en el dinero; el servil y humilde, en el servicio; el que busca el placer, en los placeres. Y así sucumbió el lobo estepario en su independencia. Alcanzó su objetivo, fue cada vez más independiente, nadie tenía nada que ordenarle, a nadie tenía que ajustar sus actos, sólo y libremente determinaba él a su antojo lo que había de hacer y lo que había de dejar. Pues todo hombre fuerte alcanza indefectiblemente aquello que va buscando con verdadero ahínco.

Pero en medio de la libertad lograda se dio bien pronto cuenta Harry de que esa su independencia era una muerte, que estaba solo, que el mundo lo abandonaba de un modo siniestro, que los hombres no le importaban nada; es más, que él mismo a sí tampoco, que lentamente iba ahogándose en una atmósfera cada vez más tenue de falta de trato y de aislamiento. Porque ya resultaba que la soledad y la independencia no eran su afán y su objetivo, eran su destino y su condenación, que su mágico deseo se había cumplido y ya no era posible retirarlo, que ya no servía de nada extender los brazos abiertos lleno de nostalgia y con el corazón henchido de buena voluntad, brindando solidaridad y unión; ahora lo dejaban solo. Y no es que fuera odioso y detestado y antipático a los demás. Al contrario, tenía muchos amigos. Muchos lo querían bien. Pero siempre era únicamente simpatía y amabilidad lo que encontraba; lo invitaban, le hacían regalos, le escribían bonitas cartas, pero nadie se le aproximaba espiritualmente, por ninguna parte surgía compenetración con nadie, y nadie estaba dispuesto ni era capaz de compartir su vida. Ahora lo envolvía el ambiente de soledad, una atmósfera de quietud, un apartamiento del mundo que lo rodeaba, una incapacidad de relación, contra la cual no podía nada ni la voluntad, ni el afán, ni la nostalgia. Este era uno de los caracteres más importantes de su vida.

Otro era que había que clasificarlo entre los suicidas. Aquí debe decirse que es erróneo llamar suicidas sólo a las personas que se asesinan realmente. Entre éstas hay, sin embargo, muchas que se hacen suicidas en cierto modo por casualidad y de cuya esencia no forma parte el suicidismo. Entre los hombres sin personalidad, sin sello marcado, sin fuerte destino, entre los hombres adocenados y de rebaño hay muchos que perecen por suicidio, sin pertenecer por eso en toda su característica al tipo de los suicidas, en tanto que, por otra parte, de aquellos que por su naturaleza deben contarse entre los suicidas, muchos, quizá la mayoría, no ponen nunca mano sobre sí en la realidad. El «suicida» -y Harry era uno- no es absolutamente preciso que esté en una relación especialmente violenta con la muerte; esto puede darse también sin ser suicida.

Pero es peculiar del suicida sentir su yo, lo mismo da con razón que sin ella, como un germen especialmente peligroso, incierto y comprometido, que se considera siempre muy expuesto y en peligro, como si estuviera sobre el pico estrechísimo de una roca, donde un pequeño empuje externo o una ligera debilidad interior bastarían para precipitarlo en el vacío. Esta clase de hombres se caracteriza en la trayectoria de su destino porque el suicidio es para ellos el modo más probable de morir, al menos según su propia idea. Este temperamento, que casi siempre se manifiesta ya en la primera juventud y no abandona a estos hombres durante toda su vida, no presupone de ninguna manera una. fuerza vital especialmente debilitada; por el contrario, entre los «suicidas» se hallan naturalezas extraordinariamente duras, ambiciosas y hasta audaces. Pero así como hay naturalezas que a la menor indisposición propenden a la fiebre, así estas naturalezas, que llamamos «suicidas», y que son siempre muy delicadas y sensibles, propenden, a la más pequeña conmoción, a entregarse intensamente a la idea del suicidio. Si tuviéramos una ciencia con el valor y la fuerza de responsabilidad para ocuparse del hombre y no solamente de los mecanismos de los fenómenos vitales, si tuviéramos algo como lo que debiera ser una antropología, algo así como una psicología, serían conocidas estas realidades de todo el mundo.

Lo que hemos dicho aquí acerca de los suicidas se refiere todo, naturalmente, a la superficie, es psicología, esto es, un pedazo de física. Metafísicamente considerada, la cuestión está de otro modo y mucho más clara, pues en este sentido los «suicidas» se nos ofrecen como los atacados del sentimiento de la individuación, como aquellas almas para las cuales ya no es fin de su vida sus propias perfección y evolución, sino su disolución, tornando a la madre, a Dios, al todo. De estas naturalezas hay muchísimas perfectamente incapaces de cometer jamás el suicidio real, porque han reconocido profundamente su pecado. Para nosotros, son, sin embargo, suicidas, pues ven la redención en la muerte, no en la vida; están dispuestos a eliminarse y entregarse, a extinguirse y volver al principio.

Como toda fuerza puede también convertirse en una flaqueza (es más, en determinadas circunstancias se convierte necesariamente), así puede a la inversa el suicida típico hacer a menudo de su aparente debilidad una fuerza y un apoyo, lo hace en efecto con extraordinaria frecuencia. Entre estos casos cuenta también el de Harry, el lobo estepario. Como millares de su especie, de la idea de que en todo momento le estaba abierto el camino de la muerte no sólo se hacía una trama fantástica melancólico-infantil, sino que de la misma idea se forjaba un consuelo y un sostén. Ciertamente que en él, como en todos los individuos de su clase, toda conmoción, todo dolor, toda mala situación en la vida, despertaba al punto el deseo de sustraerse a ella por medio de la muerte. Pero poco a poco se creó de esta predisposición una filosofía útil para la vida. La familiaridad con la idea de que aquella salida extrema estaba constantemente abierta, le daba fuerza, lo hacía curioso para apurar los dolores y las situaciones desagradables, y cuando le iba muy mal, podía expresar su sentimiento con feroz alegría, con una especie de maligna alegría: «Tengo gran curiosidad por ver cuánto es realmente capaz de aguantar un hombre.

En cuanto alcance el límite de lo soportable, no habrá más que abrir la puerta y ya estaré fuera.» Hay muchos suicidas que de esta idea logran extraer fuerzas extraordinarias.

Por otra parte, a todos los suicidas les es familiar la lucha con la tentación del suicidio. Todos saben muy bien, en alguno de los rincones de su alma, que el suicidio es, en efecto, una salida, pero muy vergonzante e ilegal, que en el fondo, es más noble y más bello dejarse vencer y sucumbir por la vida misma que por la propia mano. Esta conciencia, esta mala conciencia, cuyo origen es el mismo que el de la mala conciencia de los llamados autosatisfechos, obliga a los suicidas a una lucha constante contra su tentación. Estos luchan, como lucha el cleptómano contra su vicio. También al lobo estepario le era perfectamente conocida esta lucha; con toda clase de armas la había sostenido. Finalmente, llegó, a la edad de unos cuarenta y siete años, a una ocurrencia feliz y no exenta de humorismo, que le producía gran alegría. Fijó la fecha en que cumpliera cincuenta años como el día en el cual había de poder permitirse el suicidio. En dicho día, así lo convino consigo mismo, habría de estar en libertad de utilizar la salida para caso de apuro, o no utilizarla, según el cariz del tiempo. Aunque le pasase lo que quisiera, aunque se pusiera enfermo, perdiese su dinero, experimentara sufrimientos y amarguras, ¡todo estaba emplazado, todo podía a lo sumo durar estos pocos años, meses, días, cuyo número iba disminuyendo constantemente! Y, en efecto, soportaba ahora con mucha más facilidad muchas incomodidades que antes lo martirizaban más y más tiempo, y acaso lo conmovían hasta los tuétanos. Cuando por cualquier motivo le iba particularmente mal, cuando a la desolación, al aislamiento y a la depravación de su vida se le agregaban además dolores o pérdidas especiales, entonces podía decirles a los dolores: «¡Esperad dos años no más y seré vuestro dueño!» Y luego se abismaba con cariño en la idea de que el día en que cumpliera los cincuenta años, llegarían por la mañana las cartas y las felicitaciones, mientras que él, seguro de su navaja de afeitar, se despedía de todos los dolores y cerraba la puerta tras sí. Entonces verían la gota en las articulaciones, la melancolía, el dolor de cabeza y el dolor de estómago dónde se quedaban.

Aún resta explicar el fenómeno específico del lobo estepario y, sobre todo, su relación particular con la burguesía, refiriendo estos hechos a sus leyes fundamentales.

Tomemos como punto de partida, puesto que ello se ofrece por sí mismo, aquella su relación con lo «burgués».

El lobo estepario estaba, según su propia apreciación, completamente fuera del mundo burgués, ya que no conocía ni vida familiar ni ambiciones sociales. Se sentía en absoluto como individualidad aislada, ya como ser extraño y enfermizo anacoreta, ya como hipernormal, como un individuo de disposiciones geniales y elevado sobre las pequeñas normas de la vida corriente. Consciente, despreciaba al hombre burgués y tenía a orgullo no serlo. Esto no obstante, vivía en muchos aspectos de un modo enteramente burgués; tenía dinero en el Banco y ayudaba a parientes pobres, es verdad que se vestía sin atildamiento, pero con decencia y para no llamar la atención; procuraba vivir en buena paz con la Policía, con el recaudador de contribuciones y otros poderes parecidos. Pero, además, lo atraía también un fuerte y secreto afán constante hacia el mundo de la pequeña burguesía, hacia las tranquilas y decentes casas de familia, con jardinillos limpios, escaleras relucientes y toda su modesta atmósfera de orden y de pulcritud. Le gustaba tener sus pequeños vicios y sus extravagancias, sentirse extraburgués, como ente raro o como genio, pero no habitaba ni vivía nunca, por decirlo así, en los suburbios de la vida, donde no hay burguesía ya. Ni estaba en su elemento entre los hombres violentos y de excepción, ni entre los criminales y mal avenidos con la ley, sino que se quedaba siempre viviendo en los dominios de la burguesía, con cuyos hábitos, normas y ambiente no dejaba de estar en relación, aunque fuera antagónica y rebelde. Además, se había criado en una educación de pequeña burguesía y había conservado desde entonces una multitud de conceptos y rutinas. Teóricamente no tenía nada contra la prostitución, pero hubiera sido incapaz de tomar en serio personalmente a una prostituta y de considerarla realmente como su igual. Al acusado de delitos políticos, al revolucionario o al inductor espiritual perseguido por el Estado y por la sociedad podía estimar como a un hermano, pero con un ladrón, salteador o asesino no hubiese sabido qué hacerse, como no fuera compadecerlos de un modo un tanto burgués.

De esta manera reconocía y afirmaba siempre con una mitad de su ser y de su actividad, lo que con la otra mitad negaba y combatía. Educado con severidad y buenas costumbres en una casa culta de la burguesía, estaba siempre apegado con parte de su alma a los órdenes de este mundo, aun después de haberse individualizado hacía mucho tiempo por encima de toda medida posible en un ambiente burgués y de haberse libertado del contenido ideal y del credo de la burguesía.

Lo «burgués», pues, como un estado siempre latente dentro de lo humano, no es otra cosa que el ensayo de una compensación, que el afán de un término medio de avenencia entre los numerosos extremos y dilemas contrapuestos de la humana conducta. Si tomamos como ejemplo cualquiera de estos dilemas de contraposición, a saber, el de un santo y un libertino, se comprenderá al punto nuestra alegría. El hombre tiene la facultad de entregarse por entero a lo espiritual, al intento de aproximación a lo divino, al ideal de los santos. Tiene también, por el contrario, la facultad de entregarse por completo a la vida del instinto, a los apetitos sensuales y de dirigir todo su afán a la obtención de placeres del momento. Uno de los caminos acaba en el santo, en el mártir del espíritu, en la propia renunciación y sacrificio por amor a Dios. El otro camino acaba en el libertino, en el mártir de los instintos, en el propio sacrificio en aras de la descomposición y el aniquilamiento. Ahora bien, el burgués trata de vivir en un término medio confortable entre ambas sendas. Nunca habrá de sacrificarse o de entregarse ni a la embriaguez ni al ascetismo, nunca será mártir ni consentirá en su aniquilamiento. Al contrario, su ideal no es sacrificio, sino conservación del yo, su afán no se dirige ni a la santidad ni a lo contrario; la incondicionalidad le es insoportable; sí quiere servir a Dios, pero también a los placeres del mundo; sí quiere ser virtuoso, pero al mismo tiempo pasarlo en la tierra un poquito bien y con comodidad. En resumen, trata de colocarse en el centro, entre los extremos, en una zona templada y agradable, sin violentas tempestades ni tormentas, y esto lo consigue, desde luego, aun a costa de aquella intensidad de vida y de sensaciones que proporciona una existencia enfocada hacia lo incondicional y extremo. Intensivamente no se puede vivir más que a costa del yo. Pero el burgués no estima nada tanto como al yo (claro que un yo desarrollado sólo rudimentariamente). A costa de la intensidad alcanza seguridad y conservación; en vez de posesión de Dios, no cosecha sino tranquilidad de conciencia; en lugar de placer, bienestar; en vez de libertad, comodidad; en vez de fuego abrasador, una temperatura agradable. El burgués es consiguientemente por naturaleza una criatura de débil impulso vital, miedoso, temiendo la entrega de sí mismo, fácil de gobernar. Por eso ha sustituido el poder por el régimen de mayorías, la fuerza por la ley, la responsabilidad por el sistema de votación.

Es evidente que este ser débil y asustadizo, aun existiendo en cantidad tan considerable, no puede sostenerse, que por razón de sus cualidades no podría representar en el mundo otro papel que el de rebaño de corderos entre lobos errantes.

Sin embargo, vemos que, aunque en tiempos de los gobiernos de naturalezas muy vigorosas el ciudadano burgués es inmediatamente aplastado contra la pared, no perece nunca, y a veces hasta se nos antoja que domina en el mundo. ¿Cómo es esto posible?

Ni el gran número de sus rebaños, ni la virtud, ni el common sense, ni la organización serían lo bastante fuertes para salvarlo de la derrota. No hay medicina en el mundo que pueda sostener a quien tiene la intensidad vital tan debilitada desde el principio. Y sin embargo, la burguesía vive, es poderosa y próspera. ¿Por qué?

La respuesta es la siguiente: por los lobos esteparios. En efecto, la fuerza vital de la burguesía no descansa en modo alguno sobre las cualidades de sus miembros normales, sino sobre las de los extraordinariamente numerosos outsiders que puede contener aquélla gracias a lo desdibujado y a la elasticidad de sus ideales. Viven siempre dentro de la burguesía una gran cantidad de temperamentos vigorosos y fieros. Nuestro lobo estepario, Harry, es un ejemplo característico. Él, que se ha individualizado mucho más allá de la medida posible a un hombre burgués, que conoce las delicias de la meditación, igual que las tenebrosas alegrías del odio a todo y a sí mismo, que desprecia la ley, la virtud y el common sense es un adepto forzoso de la burguesía y no puede sustraerse a ella. Y así acampan en torno de la masa burguesa, verdadera y auténtica, grandes sectores de la humanidad, muchos millares de vidas y de inteligencias, cada una de las cuales, aunque se sale del marco de la burguesía y estaría llamada a una vida de incondicionalidades, es, sin embargo, atraída por sentimientos infantiles hacia las formas burguesas y contagiada un tanto de su debilitación en la intensidad vital, se aferra de cierta manera a la burguesía, quedando de algún modo sujeta, sometida y obligada a ella. Pues a ésta le cuadra, a la inversa, el principio de los poderosos: «Quien no está contra mí, está conmigo.»

Si examinamos en este aspecto el alma del lobo estepario, se nos manifiesta éste como un hombre al cual su grado elevado de individuación lo clasifica ya entre los no burgueses, pues toda individuación superior se orienta hacia el yo y propende luego a su aniquilamiento. Vemos cómo siente dentro de sí fuertes estímulos, tanto hacia la santidad como hacia el libertinaje, pero a causa de alguna debilitación o pereza no pudo dar el salto en el insondable espacio vacío, quedando ligado al pesado astro materno de la burguesía. Esta es su situación en el Universo, éste su atadero. La inmensa mayoría de los intelectuales, la mayor parte de los artistas pertenecen a este tipo. Únicamente los más vigorosos de ellos traspasan la atmósfera de la tierra burguesa y llegan al cosmos, todos los demás se resignan o transigen, desprecian la burguesía y pertenecen a ella sin embargo, la robustecen y glorifican, al tener que acabar por afirmaría para poder seguir viviendo. Estas numerosas existencias no llegan a lo trágico, pero sí a un infortunio y a una desventura muy considerables, en cuyo infierno han de cocerse y fructificar sus talentos. Los pocos que consiguen desgarrarse con violencia, logran lo absoluto y sucumben de manera admirable; son los trágicos, su número es reducido.

Pero a los otros, a los que permanecen sometidos, cuyos talentos son con frecuencia objeto de grandes honores por parte de la burguesía, a éstos les está abierto un tercer imperio, un mundo imaginario, pero soberano: estos mártires perpetuos, a los cuales les es negada la potencia necesaria para lo trágico, para abrirse camino hasta los espacios siderales, que se sienten llamados hacia lo absoluto y, sin embargo, no pueden vivir en él: a ellos se les ofrece, cuando su espíritu se ha fortalecido y se ha hecho elástico en el sufrimiento, la salida acomodaticia al humorismo. El humorismo es siempre un poco burgué

robin hood

aqui hos dejo con una de las novelas mas bonitas que he leido.disfrutadla.

capitulo 1

Hace cientos de años, los vikingos realizaron continuas campañas de conquista por toda Europa.

Estos audaces guerreros -daneses, noruegos o suecos-, tuvieron atemorizado a medio mundo durante tres siglos.

Sus aventuras parecían no tener límites geográficos: Alemania, Francia, España, Portugal o Rusia fueron visitados por los feroces vikingos.

Su ansia de expansión, apoyada en una gran preparación militar, les llevó a emprender arriesgadas expediciones por mares y ríos.

Las poderosas embarcaciones con las que contaban, únicas en la época, y su extraordinaria pericia como navegantes les permitían arribar a cualquier costa y penetrar por cualquier río. Su superioridad naval se hizo incontestable.

Adquirieron una gran experiencia en los ataques por sorpresa, y sus terribles y sangrientos saqueos llegaron a ser tristemente célebres en toda Europa.

Uno de estos pueblos vikingos, asentado desde hacía años en Normandía, emprendió la invasión de la vecina Inglaterra.

Este país, no muy lejano de las costas normandas, resultaba muy vulnerable por mar. La longitud de su litoral no permitía ni una vigilancia completa, ni una concentración rápida de las tropas para rechazar un desembarco.

Todo esto no pasó inadvertido a los ojos del duque normando Guillermo que, movido por su ambición y deseo de gloria, decidió preparar a conciencia el ataque a la isla.

-¡Venceremos a los sajones! -arengaba Guillermo a sus tropas-. Con la conquista de Inglaterra, nuestro poder se extenderá a otros reinos.

-¡Viva el duque Guillermo! -gritaban exaltados los caballeros normandos.

Guillermo de Normandía, animado por el apoyo de los suyos, continuó diciendo:

-Los sajones vencieron a nuestros antepasados muchas veces. Fueron más fuertes, más decididos, más inteligentes... Pero ahora no lo serán. Ha llegado por fin nuestro momento y ... ¡ha llegado su hora!

Los aplausos y los vivas al duque Guillermo cesaron al acabar aquella multitudinaria reunión. Pero el fervor y la entrega de su ejército lo acompañarían de forma permanente durante toda la expedición.

Meses después, las naves capitaneadas por el duque Guillermo eran avistadas en las costas inglesas.

-Señor, se acercan barcos normandos -comunicó un vigía al monarca sajón.

Los sajones no estaban preparados para competir contra un peligro que procedía del mar.

-¡Disponed todas las fuerzas posibles en tierra! -ordenó el rey inglés-. Debemos evitar el desembarco.

Una pequeña guarnición intentó impedir que los normandos tomaran tierra. Pero no lo consiguió.

Así, Guillermo de Normandía desembarcó en las costas inglesas, y con sus valerosos guerreros avanzó hacia el interior.

Los sajones, en clara inferioridad numérica, se habían visto obligados a improvisar la decisiva batalla en Hastings. Poco duró el combate. El soberano inglés cayó mortalmente herido y el ejército sajón se rindió incondicionalmente.

Las tropas del duque Guillermo siguieron avanzando hasta Londres, donde se libró una última batalla con la que desapareció la débil resistencia sajona. La expedición normanda había sido un rotundo éxito.

En recuerdo de su victoria, el ya nuevo rey de Inglaterra, Guillermo I el Conquistador, tras ser coronado, mandó construir la célebre torre de Londres. Esta torre serviría de cárcel para numerosos y destacados personajes a lo largo de muchos años de la historia inglesa.

Guillermo I, tras su victoria, dedicó sus esfuerzos a pacificar el país, y tomó algunas medidas para proteger a los sajones.

-Os aconsejo prudencia -recomendaba el rey a sus nobles-. Debemos ser respetuosos con los vencidos. Sólo así conseguiremos la prosperidad en todas nuestras tierras. Sólo así lograremos una pacífica convivencia.

Desgraciadamente, no todos los seguidores del rey Guillermo pensaban como él.

Aprovechando una larga estancia del rey Guillermo en sus posesiones de Francia, los nobles normandos, llevados por su soberbia y ambición, no cesaron de causar humillaciones a los derrotados. Las cargas tributarias se hicieron cada vez más angustiosas, insoportables para los pobres súbditos.

Los sajones se sublevaron en masa contra los opresores. Campesinos, artesanos y nobles unieron sus esfuerzos contra el enemigo común: los normandos.

-¡Ya está bien! -decía indignado un caballero sajón-. No podemos seguir tolerando las injusticias de los normandos. Quieren hacer de nosotros sus esclavos.

-¡Debemos combatirlos y ser capaces de librarnos de ellos para siempre!

-¡Hay que quitarles el poder! ¡Tenemos que ser gobernados por un rey sajón!

El rey Guillermo, que había estado ausente de Inglaterra, encontró a su vuelta un país levantado en armas.

Los sajones se mostraban más rebeldes de lo que en un principio se podía suponer.

Los nobles normandos decían a su rey:

-Señor, llevado por vuestra bondad y magnanimidad, habéis tratado demasiado bien a los sajones. Mirad cómo os lo agradecen.

-Majestad, habéis respetado a vuestros súbditos, no les habéis expropiado sus tierras y, en cambio, ellos se sublevan contra vos. Son unos desagradecidos.

El rey Guillermo, ajeno a los desmanes de sus nobles y desconociendo las razones por las que sus súbditos sajones se rebelaban contra él, creyó las acusaciones de sus barones.

-Caballeros, creí que los ánimos se apaciguarían. Creí que, poco a poco, los sajones olvidarían la derrota de Hastings y acabarían aceptándonos. Ahora creo que no lo harán nunca -dijo el rey en tono de lamento.

Así, tomó la decisión de actuar de inmediato y con contundencia contra los sajones.

Despojó a muchos nobles de sus posesiones bajo acusación de haber promovido o respaldado la rebelión, y aplastó cruelmente a los rebeldes.

Pese a todo, los sajones continuaron organizándose. Crearon un verdadero ejército clandestino que, en forma de guerrilla, hostigaba sin tregua a los normandos. Los focos de resistencia contra los colonizadores se hicieron constantes.

La anhelada paz en Inglaterra se veía cada vez más lejana, y los normandos, aun ricos y poderosos, no podían vivir tranquilos a causa de las frecuentes insurrecciones de los sajones.

Murió Guillermo I el Conquistador en guerra contra Francia y sus inmediatos sucesores, durante años y años, tampoco conseguirían apaciguar Inglaterra.

La desconfianza de los sajones hacia los normandos estaba ya tan arraigada que se había convertido en un obstáculo insalvable entre los dos pueblos.

Los planes de pacificación de los distintos reyes fallaban estrepitosamente y las revueltas continuaban. Éstas eran contestadas con absoluta represión. Lo que daba lugar a nuevos enfrentamientos, cada vez más sangrientos. La espiral de violencia parecía no tener fin.

El rey Enrique de Plantagenet, nieto de Guillermo I, subió al trono y se propuso, como principal objetivo de su reinado, acabar con aquellas luchas sin sentido.

Para este propósito, pensó que debía atraerse, en primer lugar, a algunos influyentes nobles sajones. Para conseguirlo,, no escatimó tiempo y esfuerzo el ilusionado rey.

capitulo 2

En un majestuoso castillo cercano a la bulliciosa ciudad de Nottingham vivía Edward Fitzwalter, conde de Sherwood, y su esposa Alicia de Nhoridon.

Los dos eran sajones. El matrimonio mantenía escasas relaciones sociales y permanecía alejado de las intrigas de la época.

El conde de Sherwood no había participado en ninguna sublevación contra los normandos y éstos, aun de mala gana, se habían visto obligados a respetar al conde y sus posesiones. Aunque no fue atacado nunca frontalmente, Edward Fitzwalter tampoco era mirado con buenos ojos por la nobleza normanda, en la que existía cierto recelo.

Dentro de los planes apaciguadores que llevaba acariciando durante largo tiempo el rey Enrique de Plantagenet, entraba precisamente ganarse la confianza del noble sajón Edward Fitzwalter

-Hablaré con Edward Fitzwalter -comunicó el rey Enrique a uno de sus más estrechos colaboradores-. Si consigo la adhesión del conde, tal vez otros nobles sajones lo secunden y poco a poco logremos el respaldo de todos. ¿Qué pensáis?

-Es una buena idea, señor -contestó el barón normando a su rey-. El conde de Sherwood goza de gran respeto entre la nobleza sajona. Respeto sin duda merecido, ya que es todo un caballero. La mayoría de los normandos comparten también esta opinión.

El rey Enrique de Plantagenet deseaba con sinceridad que finalizaran los enfrentamientos entre sajones y normandos, y centró sus esfuerzos en conseguirlo.

Así, pocos días después de esta conversación, fue a reunirse con el conde de Sherwood. Le tendió su mano y de sus labios salieron algunas promesas impensables en años anteriores.

-Señor, os agradezco la confianza que habéis depositado en mí -contestó el conde.

-Entonces, conde de Sherwood, ¿puedo contar de verdad con vos ? -preguntó el rey con impaciencia.

-Majestad, no dudo de que os guían buenos deseos y de que sois sensible al sufrimiento del pueblo sajón -comenzó a decir el conde-. Pero vuestras promesas no son suficientes para paliar los daños que vuestro pueblo ha causado al mío...

-Pero es necesario que todos hagamos el esfuerzo de salvar nuestras diferencias, conde de Sherwood. La batalla de Hastings pertenece ya al pasado.

-Es cierto, señor. Pero es pronto aún para confiar en vos. Es posible que sean nuestros hijos los que vivan la reconciliación entre nuestros pueblos, los que puedan vivir en paz.

-¿Tenéis hijos, conde? -preguntó el rey asintiendo.

-Espero uno, majestad.

-Conde de Sherwood, os prometo que haré cuanto pueda por acabar con los problemas del pueblo sajón, que intentaré borrar los errores de mis antepasados y que me esforzaré por apaciguar esta tierra.

-Por mi parte, majestad -contestó el conde-, os aseguro que no participaré en ningún levantamiento contra vos. Actuaré como he venido haciéndolo hasta ahora. Pero tampoco conseguiréis mi adhesión hasta que no exista una completa igualdad entre sajones y normandos.

El rey Enrique y el conde de Sherwood estrecharon sus manos y se despidieron amistosamente.

No mucho tiempo después, Edward Fitzwalter tuvo ocasión de comprobar que los buenos propósitos del rey Enrique quedaban olvidados ante una nueva revuelta sajona.

La sublevación fue castigada con terrible dureza. Sajones y normandos seguían siendo enemigos irreconciliables.

En esta triste situación vino al mundo el heredero del conde de Sherwood.

La alegría reinaba en todos los rincones del castillo del conde. Amigos y vecinos acudieron a conocer al pequeño recién nacido.

Un precioso niño había venido al mundo para felicidad de Alicia de Nhoridon y Edward Fitzwalter, sus padres.

-Se llamará Robert -dijo el conde a todos los presentes sin disimular su alegría-. Será un valeroso sajón y confío en que le toque vivir tiempos mejores.

-¡Ojalá pueda ser más feliz que nosotros! -dijo levantando su copa uno de los allí reunidos.

Y todos brindaron porque así fuera.

El conde de Sherwood era íntimo amigo del también noble sajón Richard At Lea, conde de Sulrey. Y éste y su esposa tuvieron, no mucho tiempo después, una preciosa niña, a la que pusieron por nombre Mariana.

Los dos nobles sajones se reunían con frecuencia y mantenían interminables conversaciones sobre la compleja situación del reino.

-Las sublevaciones no cesan, querido amigo -dijo Richard At Lea-. Pero el poder normando permanece inalterable a lo largo de los años.

-Sí, Richard, nuestro pueblo está extenuado por las luchas y por las humillaciones de los barones normandos. Los reyes intentan apaciguar esta tierra, pero fracasan. No son capaces de contrarrestar el poder de sus nobles.

-Y mientras tanto, ¿por qué luchamos ya los sajones, después de tanto tiempo? Todo parece ser una locura colectiva que no tiene fin...

-Ojalá Inglaterra tenga pronto un rey poderoso y justo que haga posible la igualdad entre sajones y normandos -contestó con tristeza Edward Fitzwalter

Pero los dos nobles sajones también aprovechaban su compañía para sonar, al calor de la chimenea de uno a otro castillo. El sueño que compartían era que Robert y Mariana, llegado el momento, se unieran en matrimonio.

-Nuestra amistad, conde de Sulrey, quedaría coronada por la unión de nuestros hijos.

-Nada me agradaría más, Edward, que emparentar con vos. Y estoy seguro además de que mi hija sería muy feliz con Robert.

Pasaron unos años y murió el rey Enrique de Plantagenet.

Pocos meses antes, el conde de Sherwood había perdido a su querida esposa Alicia. La única satisfacción de Edward Fitzwalter era tener cerca a su hijo Robin, como le llamaban todos cariñosamente, convertido ya en un apuesto joven.

-¿Qué pasará ahora, padre, que el rey ha muerto? -preguntó Robin ante la reciente noticia.

-Subirá al trono su hijo Ricardo, Robin.

-¿Será un buen rey? ¿Lo conoces? -preguntaba con avidez Robin.

-Lo conozco poco, hijo. Pero deseo que consiga hacer de Inglaterra un gran reino en el que se viva en paz.

capitulo 3

Como estaba previsto, tras la muerte del rey Enrique de Plantagenet subió al trono su hijo mayor, Ricardo I, conocido con el sobrenombre de Corazón de León por su nobleza y valentía.

El nuevo rey era muy sensible a la miseria en la que vivían los súbditos sajones. Conocía también los intentos que sus antepasados y, en especial, su padre, habían hecho por cambiar esa situación, sin conseguirlo. Pero él estaba decidido a dar un giro definitivo al curso de los hechos. Deseaba ser el rey de un país en el que, de una vez por todas, no existieran ni vencedores ni vencidos.

-Debemos construir una nueva Inglaterra. Pacífica, respetada en el exterior, poderosa ... -decía ilusionado el nuevo rey-, Para ello se necesita la colaboración de todos por igual: sajones y normandos, nobles y plebeyos. Todos tendrán un lugar en el nuevo reino.

El rey Ricardo empezó a captar muy pronto la confianza de sus súbditos, ya fueran sajones o normandos. Entre sus más entusiastas seguidores estaban su esposa Berengaria; lady Edith Plantagenet, su prima, y la reina madre, Leonor

Entre las primeras medidas que tomó Ricardo Corazón de León, en aras de una mayor igualdad entre sus súbditos, estaba la estricta prohibición de infligir castigos corporales a los siervos, tratados como verdaderos esclavos, y la libertad de caza en los bosques, hasta ahora privilegio de los normandos.

El rey Ricardo, con su bondad y su carácter conciliador, hizo cicatrizar las heridas abiertas entre los dos pueblos. Todos lo aceptaron para que fuera el rey de todos. Odios y rencillas parecieron quedar adormecidos en un profundo sueño.

Pero Ricardo Corazón de León pasaría poco tiempo en su país. Así, tuvo que acudir a la llamada del papa Clemente III para participar en la Tercera Cruzada, con el fin de liberar Jerusalén, en manos del musulmán Saladino.

El rey, antes de su partida, tuvo grandes dudas.

-¿Cómo voy a ausentarme de Inglaterra durante tanto tiempo, y precisamente ahora, cuando más me necesitan mis súbditos? -se lamentaba.

Mas su deber como rey cristiano, su deseo de lucha contra los infieles y el sincero mensaje recibido del Papa ofreciéndole la dirección de la Cruzada, hicieron que Ricardo tomara finalmente la decisión de partir hacia Tierra Santa.

-¡Conquistaré Jerusalén. Se la arrebataré a los infieles! -decía con absoluta seguridad el rey.

Durante su ausencia ocuparía el trono su hermano Juan I, conocido como Juan sin Tierra.

-Partid tranquilo, hermano mío. Aquí me encontraréis a vuestra vuelta y aquí encontraréis vuestro amado reino -dijo Juan sin Tierra a Ricardo en el momento de su marcha.

-Gracias, hermano. Sé que puedo confiar en vos. Sé que gobernaréis como yo lo haría y que cuidaréis de nuestros súbditos. Me voy tranquilo porque sé que Inglaterra queda en buenas manos.

Y, seguido de su séquito, Ricardo Corazón de León abandonó, quién sabe por cuántos años, su querida Inglaterra.

Juan sin Tierra, en muy poco tiempo, acabó con los importantes logros de su hermano. Sembró de nuevo la desconfianza y resurgió la discordia. Su crueldad y avaricia volvieron a abrir el abismo entre sajones y normandos.

Estaba convencido de que los normandos eran una clase superior y de que sólo a ellos les correspondía el poder.

La sed de venganza parecía el único móvil que empujaba a quien regentaba el destino de Inglaterra.

-No podemos seguir tolerando las continuas revueltas de los sajones -dijo Juan sin Tierra.

-Así se hará, majestad. No lo dudéis -asintieron sus colaboradores más allegados.

-Pero, señor, vivimos por primera vez una larga época de paz. Los sajones están ahora muy tranquilos -intervino un barón normando allí presente.

-¡Qué ingenuo sois, caballero! -contestó con desprecio el príncipe-. ¿Acaso creéis que los sajones han dejado de tramar conspiraciones contra mi persona? ¿Pensáis tal vez que se resignan a estar bajo una dinastía normanda? ¡Estúpido!

El barón que había manifestado públicamente su disconformidad con las palabras del príncipe era sir Percy Oswald, quien abandonó la sala inmediatamente.

Sir Percy Oswald no estaba de acuerdo con las ideas del príncipe Juan. Pensaba que lo peor para Inglaterra era volver a los tiempos de crueldad y enfrentamientos que, afortunadamente, habían sido ya superados.

Pero Juan sin Tierra no estaba dispuesto a aceptar ninguna opinión que no coincidiera con la suya. Y por ese motivo, sir Percy Oswald quedó automáticamente fuera de su círculo de confianza.

Durante uno de los frecuentes encuentros entre Edward Fitzwalter y Richard At Lea, los dos nobles se confesaron su preocupación por los rumores que corrían acerca del príncipe Juan.

-No parece que vaya a seguir los pasos de su hermano -dijo Richard At Lea a su amigo.

-El rey Ricardo fue demasiado bondadoso al confiar en su hermano -repuso Edward Fitzwalter-. De todas formas, el príncipe Juan no se atreverá a ir contra las medidas adoptadas por el rey.

-Ojalá que así sea, Edward. Pero se me ocurre una cosa. El príncipe no ignora que no simpatizamos con él. Quiero proponerte que, si a ti o a mí nos ocurriera algo, el otro iría a hacérselo saber al rey a Tierra Santa.

-De acuerdo, Richard.

No transcurrió mucho tiempo sin que se confirmaran los temores que se habían confesado los dos nobles sajones.

El príncipe Juan, apoyado por un grupo de incondicionales normandos, comenzó a romper las normas que había dictado su hermano.

Inglaterra parecía dirigirse hacia un trágico destino en el que sólo se oyera el lenguaje de las armas.

Un desgraciado día, el conde de Sherwood apareció muerto en el campo. Había salido por la mañana a visitar a un vecino. De regreso a su castillo, un grupo de encapuchados lo atacó y lo dejó muerto en el camino.

El fiel Richard At Lea acompañó a Robin en tan duros momentos. Estuvo con él durante el entierro de su querido amigo y alentó al desconsolado hijo.

-No dejes que la pena inunde tu corazón. Eres el heredero de Sherwood y debes hacer honor a tu apellido -dijo Richard a Robin, sin poder contener su emoción.

El conde de Sulrey no quiso comunicar, ni siquiera a Robin, sus sospechas de que el propio príncipe Juan podría estar implicado en la muerte de su amigo, de que todo hubiera sido una acción preparada por él y sus secuaces.

Pero Richard At Lea supo inmediatamente lo que tenía que hacer: poner los hechos en conocimiento del rey. Para ello debía encaminarse hacia Tierra Santa.

capitulo 4

Llevado por el deseo de que se hiciera justicia por la muerte de su amigo y tratando de evitar males peores para Inglaterra, Richard At Lea se dispuso a realizar los preparativos para su viaje a Tierra Santa.

Había asuntos importantes que tenía que resolver: conseguir dinero para poder fletar un barco y pagar a los hombres armados que lo acompañarían, y dejar a alguien encargado de la custodia de su hija.

At Lea, después de pensar en quién podría ser la persona más idónea, decidió acudir a un amigo a quien hacía tiempo que no veía: Hugo de Reinault.

Este noble caballero sajón debía algunos favores a Richard At Lea. Ahora era muy rico y, sin duda, estaría dispuesto a ayudarle.

Pero, a veces, el tiempo hace cambiar a los hombres, y lo que no podía imaginar Richard At Lea es que Hugo de Reinault fuera en ese momento partidario de Juan sin Tierra.

El príncipe Juan comenzaba a contar con un buen número de adeptos, muchos de ellos sajones. La mayoría de los caballeros reclutados lo había sido a cambio de dinero contante y sonante, o bien con la promesa de ser fuertemente recompensados con tierras y privilegios.

Éste era el caso de los hermanos Robert y Hugo de Reinault, Guy de Gisborne, Arthur de Hills y tantos otros. Todos ellos fueron capaces de traicionar a su legítimo rey, a su pueblo, a sus amigos y compañeros, incluso a sí mismos, exclusivamente por dinero y poder.

A un hombre de esta calaña, a Hugo de Reinault, fue a quien se dirigió el noble Richard At Lea en busca de ayuda.

-¿Qué os trae por aquí, querido amigo? ¡Cuánto tiempo sin veros! -saludó de forma efusiva Hugo de Reinault al recién llegado.

-Yo también me alegro de veros, Hugo, aunque hubiera deseado que no fuera en esta ocasión -dijo con tristeza Richard At Lea.

-Hablad presto, Richard. ¿Qué sucede?

-¿Puedo confiar en vos? Lo que quiero contaros no lo he hablado con nadie -dijo tomando precauciones Richard At Lea.

-Soy vuestro amigo, Richard. No he olvidado cuando me ayudasteis y si hay algo que esté en mi mano, no dudéis en que podéis contar con ello. Además, soy sajón hasta la médula.

-Hace unos días murió el conde de Sherwood a manos de seguidores del príncipe Juan -dijo bajando la voz Richard At Lea.

-¿Estáis seguro? ¿Cómo lo habéis descubierto?

-No tengo pruebas, Hugo. Pero tengo la más absoluta certeza de ello. Mira lo que está ocurriendo en Inglaterra.

-Y bien, ¿qué podemos hacer, querido amigo?

-Yo debo ir a Tierra Santa a poner los hechos en conocimiento del rey. Así lo decidimos Edward Fitzwalter y yo si a alguno de nosotros le sucedía algo.

-Entonces, ¿para qué me necesitáis?

-Preciso fletar un barco a ir acompañado de un grupo de soldados. En este momento no tengo el dinero necesario. Para eso he venido a veros, para que me prestéis, si podéis, ese dinero.

-Ahora mismo no dispongo de la cantidad que necesitáis. Tendría que pedirlo yo y cobraros los intereses correspondientes.

-No importa, Hugo. Hagámoslo como decís. No estoy en condiciones de poder elegir ni de poder esperar.

-Mañana tendréis el dinero, Richard. Ahora, tomemos una copa de vino y brindemos por vuestro viaje.

-Gracias, amigo. Necesito aún pediros otro favor, quizá más importante que el anterior. Como sabéis tengo una hija. Deseo que, durante el tiempo que yo esté fuera, ella permanezca en un convento y vos seáis su tutor.

-Os agradezco la confianza que depositáis en mí, Richard. Seré un verdadero padre para vuestra hija mientras estéis ausente.

-Por supuesto que os dejaré el poder legal correspondiente y os compensaré por las molestias que todo esto os cause.

Unos días después, tras firmar todos los documentos, Richard At Lea se hacía a la mar con el barco y la tripulación proporcionados por Hugo de Reinault.

Nada más zarpar Richard At Lea, Hugo se dirigió al palacio de Juan sin Tierra. Allí le esperaba el nutrido grupo de caballeros adeptos al príncipe y el propio príncipe en persona.

De Reinault contó a sus amigos lo ocurrido con At Lea.

-Pero... ¿le habéis dejado partir a Tierra Santa? -preguntó con indignación y la voz temblorosa el príncipe Juan.

-Tranquilo, señor. Los hombres que lo acompañan llevan órdenes muy claras. Si no me fallan los cálculos, a estas horas ya se habrán amotinado contra el conde de Sulrey, y estarán de vuelta dentro de muy poco en el puerto del que salieron. De ahí, el conde pasará a la más oscura mazmorra de mi castillo.

-Sois muy listo, Hugo -afirmaron todos.

-Pero hay más, señores. Tengo documentos legales firmados de puño y letra por Richard At Lea por los que sus bienes pasarán a mis manos y, como tutor de su hija, también me pertenecerán los de ella. Así, no sólo me he deshecho de un enemigo de vos, príncipe, sino que además nos repartiremos la apreciable fortuna de los At Lea.

La reunión acabó con aplausos dirigidos al astuto Hugo de Reinault y con un brindis dedicado al talento y la sagacidad del noble.

Pocos días después, tal y como había previsto el traidor sajón, Richard At Lea era llevado ante él.

-Hugo, ha sido una terrible experiencia. Los soldados se amotinaron . . .

-¿Quién sois? -interrumpió bruscamente Hugo de Reinault a Richard, que presentaba un aspecto lamentable.

-¿No me reconocéis, Hugo? Soy Richard At Lea, vuestro amigo:

-¡Imposible! Richard At Lea salió hace unos días hacia Tierra Santa. Yo mismo le proporcioné el barco y la tripulación. Vos debéis de ser un impostor. ¡Guardias, encerradle!

En ese mismo momento, Richard At Lea comprendió que había sido víctima de un engaño; más que eso, de una terrible traición.

A quien había considerado un amigo no era más que un traidor, un vendido a la causa de Juan sin Tierra.

Pero ahora, su triste realidad es que estaba en manos de un hombre sin escrúpulos. Pero no sólo él, sino también su querida hija y todos sus bienes.

Richard At Lea lloró amargamente en su celda. Un triste llanto derramado por quien se sentía el ser más infeliz y solo de la Tierra. Nunca unas lágrimas habían sido muestra de un dolor tan hondo, de una desesperación tan profunda.

capitula 5

Tras la muerte de su padre, el joven Robin se vio sumido en la tristeza y en la desolación. Aun sin sospechar la verdad, el heredero de Sherwood se sentía solo y desgraciado, sin el padre con el que tanto compartía y del que tanto había aprendido.

Intentando hacer algo por cambiar su triste estado de ánimo, decidió buscar la compañía de las dos personas en las que más confiaba y a las que más cariño tenía: Richard At Lea y su hija Mariana.

Se dirigió al castillo de los At Lea y, allí, uno de los sirvientes le informó de que el conde había partido a Tierra Santa y que Mariana se encontraba en el castillo de Hugo de Reinault, su tutor por decisión paterna.

Robin, extrañadísimo, comentó:

-¡En el castillo de Hugo de Reinault! ¡Qué raro! Ese caballero tiene fama de ser un cruel prestamista que ha ido despojando de sus tierras a medio condado. Además es el hermano de Robert, corregidor de Nottingham.

-¡Pero, señor, son sajones! –le dijo el sirviente de los At Lea.

-Aun siéndolo, no me fío de ellos -contestó Robin.

Robin abandonó el castillo del que fuera gran amigo de su padre y decidió visitar a Hugo de Reinault para entrevistarse con Mariana.

-¿Qué os trae por aquí, señor Fitzwalter?

-Creo que vos sabéis dónde se encuentra el señor At Lea.

-Efectivamente. Mi amigo Richard At Lea -habló Hugo poniendo mucho énfasis en las palabras "mi amigo"- me pidió prestado dinero para ir a Tierra Santa. Y hacia allí se dirige gracias a mi ayuda.

-¿Y Mariana? ¿Podría hablar con ella? -preguntó Robin.

-Soy legalmente el tutor de Mariana y en este momento no podéis verla.

-¿Acaso tenéis miedo de que hable con ella? ¿Ocultáis algo, señor Hugo de Reinault? -dijo Robin con tono acusador.

-¡No tengo nada que ocultar, señor Fitzwalter! Es mi palabra de caballero. Ahora, váyase. No puedo perder más tiempo. ¡Soldados, acompañen al señor!

Y rodeado de un grupo de hombres armados, Robin abandonó el castillo de Hugo de Reinault.

El señor de Reinault tuvo la impresión de que el joven Robin sospechaba algo. Y lo mismo parecía ocurrir con Mariana. La joven había pronunciado algunas palabras, en la conversación que los dos mantuvieron, que denotaban cierta desconfianza hacia él y cierta extrañeza de que su padre hubiera tomado las decisiones que parecía haber tomado.

Hugo de Reinault se tranquilizó a sí mismo. ¿Qué peligro podían suponer tanto Robin como Mariana? Y al fin y al cabo, en el peor de los casos, serían sólo unas pequeñas molestias a cambio de los grandes beneficios que iba a obtener de esta operación.

Robin, desde su conversación con el señor de Reinault, no conseguía olvidarse del asunto. Estaba cabizbajo, meditabundo, no hablaba con nadie y vagaba por los caminos a lomos de su caballo.

Un día, en uno de esos paseos sin rumbo, Robin encontró a un grupo de campesinos. Discutían airadamente y oyó voces de protesta contra los normandos. Robin se acercó a ellos.

-¿Qué sucede? -preguntó bajando de su caballo.

Uno de los siervos de Robin explicó a su señor que Feldon, un hombre al servicio de Guy de Gisborne, había sufrido un terrible castigo por un hecho sin importancia. Este castigo había consistido en dejarle sin comer, durante más de una semana, a él y a su familia. El desgraciado Feldon, sumido en la más absoluta desesperación, había cazado un ciervo para dar de comer a los suyos. Enterado Guy de Gisborne, lo había apresado y condenado a muerte. Su mujer y sus dos hijos serían azotados.

-¡Esto es intolerable! -gritó con indignación Robin-. Las leyes están para cumplirlas. Feldon tiene derecho a cazar. El mismo derecho que el señor de Gisborne. Iré a pedir cuentas a ese mezquino caballero.

-No lo hagáis, señor -le pidió con preocupación el campesino que le había contado la triste historia de Feldon-. Guy de Gisborne está respaldado por el príncipe Juan y no conseguiréis nada. Irá contra vos también. Es muy poderoso. No vayáis.

-No os preocupéis, os lo ruego. No tengo ningún miedo a ese caballero que se salta las leyes a su capricho. Avisa a todos mis soldados, que se queden en el castillo y me esperen allí -dijo Robin mientras se alejaba con su caballo.

Robin se dirigió al castillo del señor de Gisbome dispuesto a todo por conseguir que la ley se cumpliera. No podía consentir que un señor dispusiera de la vida de un hombre. Daba igual que fuera normando o sajón. Era una vida humana y, como tal, merecía respeto.

Estas enseñanzas de respeto y amor al prójimo las había recibido Robin de su padre. "¡Ay, cuánto le echo de menos! ¡Cuánto podría haberme ayudado mi padre en estas circunstancias y en otras que sin duda me deparará la vida! ¡Ni siquiera cuento con el buen consejo del señor At Lea! ¡Qué solo estoy!" -pensaba Robin mientras se dirigía a ver al señor de Gisborne.

Poco después llegaba a las puertas del castillo y pedía ser recibido por el señor Mientras tanto, observó los preparativos que se realizaban para llevar a cabo la ejecución de Feldon.

-Señor Fitzwalter, no sé qué hace un noble sajón bajo mi techo. Ya sé que visitasteis a Hugo de Reinault, pero...

-Que, por cierto, también es noble sajón -le interrumpió irónicamente Robin.

-¡Basta de bromas, joven! -dijo con crispación Guy de Gisborne-. Yo no sé nada de Richard At Lea ni de su hija.

-No es ése el motivo de mi visita Vengo a impedir la muerte de su siervo, ese pobre desdichado al que pensáis ejecutar por hacer uso de su derecho a cazar ¿Acaso habéis olvidado que la caza no es un privilegio normando según las leyes de nuestro rey?

-¿Qué rey? -preguntó cínicamente Guy de Gisborne-. Yo sólo tengo un rey, y es el príncipe Juan.

-Si es el príncipe Juan el que está detrás de esto, vos y él estáis violando las leyes. No podéis matar a ese hombre ni torturar a su familia. ¡Que se suspenda la ejecución! -gritó Robin.

-Meteos en vuestros asuntos, jovencito. La ejecución se Ilevará a cabo, ¡por encima de vos si es preciso!

Robin se fue sin siquiera despedirse. Se dirigió a su castillo. Allí le aguardaban sus hombres, preparados para lo que él dispusiera. La orden de Robin fue atacar la fortaleza del señor de Gisborne para liberar a su vasallo Feldon.

Robin y sus hombres no tuvieron en cuenta ni su inferioridad numérica ni el peligro que corrían. La sed de justicia a igualdad les hacía enfrentarse valerosamente al enemigo.

Guy de Gisborne y sus soldados no esperaban el ataque. Fue un verdadero asalto por sorpresa. Casi no hubo respuesta: no les dio tiempo a reaccionar, ni siquiera a llegar a las armas.

Robin, con sus propias manos, liberó al desdichado Feldon, que no podía creer lo que estaba viendo.

Una vez alcanzado su objetivo, Robin y Feldon en el mismo caballo, seguidos por los hombres que habían hecho posible la victoria, se alejaron al galope. Más tarde, pudieron respirar tranquilos en los aposentos del castillo de Sherwood.

Sólo había una cosa que entristecía a Robin: no haber podido salvar también a la esposa y los dos hijos de Feldon de la crueldad del señor de Gisborne.

capitulo 6

Durante varios días, la calma y la paz reinaron en el castillo del conde de Sherwood. La satisfacción por el deber cumplido era el sentimiento que compartía Robin con sus hombres. El constante agradecimiento de Feldon era lo único que hacía ensombrecer la alegría de Robin. Le hacía recordar los tormentos que podía estar sufriendo la familia del que era ahora su más incondicional vasallo.

Pero Guy de Gisborne no había olvidado la terrible acción cometida por Robin. Convocó una reunión con el príncipe Juan y sus más fieles seguidores, y allí expuso los hechos ocurridos.

-Caballeros, nos hemos librado de Edward Fitzwalter y también de Richard At Lea. Pero mientras ande suelto Robin, no nos dejará vivir tranquilos. Ese joven es muy peligroso -dijo Guy de Gisborne.

-Estoy de acuerdo -intervino Hugo de Reinault-. Estoy seguro de que sospecha algo sobre lo ocurrido con At Lea, y no cejará en su empeño hasta averiguarlo. Conozco muy bien a ese joven sajón.

-Entonces, Guy de Gisborne, atacad su castillo -dijo el príncipe Juan-. Todos colaboraremos con nuestros soldados. Además, ese joven es muy rico. Nos quedaremos con su castillo, con sus tierras y con sus bienes. Nos repartiremos todo.

Tomada la decisión, los caballeros se dispersaron. Pocos días después, según lo convenido, un numeroso ejército, nutrido con hombres de diversa procedencia, rodeaba el castillo de Sherwood, preparado para el asalto.

Por su parte, los hombres de Robin de Fitzwalter permanecían en sus puestos día y noche. Todos ellos mantenían alto el ánimo. Estaban dispuestos a todo en defensa de la ley, y con la seguridad y tranquilidad de espíritu que produce estar cargado de razón.

Después de un mes de asedio al castillo de Sherwood, las frecuentes escaramuzas no supusieron ninguna rotunda victoria para los atacantes ni ninguna sonada derrota para los atacados.

Aparte del agotamiento que empezaba a hacer mella en las tropas atacantes, esta expedición empezó a ser duramente criticada por numerosos nobles, tanto sajones como normandos. Todos sospechaban que el príncipe respaldaba tal acción. Todos sabían perfectamente quiénes eran Guy de Gisborne y el pequeño a influyente grupo que rodeaba a Juan sin Tierra.

Se convocó una nueva reunión para discutir qué era lo más conveniente, dadas las actuates circunstancias.

Como en otras ocasiones, Hugo de Reinault fue el que aportó la idea más diabólica para acabar con aquella situación.

-Señores, creo que se debe enviar un mensajero que anuncie el perdón a Feldon y a los que, como él, se refugiaron en el castillo. . .

-¡Pero estáis loco, Hugo! -interrumpió con furia Guy de Gisborne.

-¡Calma, escuchadme! Debéis ordenar el perdón de Feldon y de todos vuestros vasallos que han ido engrosando las filas de Robin. Mandad que todas las mujeres a hijos de los rebeldes sean llevados a las murallas del castillo. Si esos rebeldes no aceptan el perdón que les concedéis, sus familias serán ejecutadas. Os aseguro que las esposas convencerán por sí mismas a sus maridos.

-Sois un verdadero genio, Hugo -exclamó Guy de Gisborne.

Los acontecimientos se desarrollaron tal y como había previsto el astuto Hugo de Reinault. Un mensajero anunció las condiciones a las puertas del castillo de Sherwood.

Cuando los desertores del señor de Gisborne vieron a sus esposas y a sus hijos pidiéndoles que depusieran su actitud para salvarse, no tuvieron fuerza moral para mantener la lucha.

El primero en enternecerse fue Feldon.

-Señor Fitzwalter, he de ir con los míos. Aunque todo sea una patraña, aunque luego me maten, debo intentar salvarlos.

-Nosotros lo seguiremos -dijeron otros.

Robin intentó convencerlos de que no lo hicieran, de que sin duda era una trampa.

-No sólo ajusticiarán a vuestras familias, sino a vosotros mismos. El señor de Gisborne no olvida. Nunca os perdonará -les decía Robin.

Todo fue inútil. Los hombres no podían dejar de oír las voces de sus esposas. Se les rompía el corazón.

Pronto, los primeros en salir pudieron estrechar a los suyos sin que les ocurriera nada. Muchos siguieron su ejemplo.

Robin se quedó con un puñado de hombres. Así no podían seguir resistiendo en el castillo sitiado.

-Tenemos que salir de aquí para salvar nuestras vidas -les dijo a sus hombres-. Pero no nos entregaremos al enemigo. Iremos al bosque de Sherwood. Lo conozco como la palma de mi mano. No se atreverán a internarse en él. Os lo aseguro.

Aprovecharon la noche para salir sigilosamente por la puerta trasera del castillo. A los pocos minutos entraban en el bosque, un refugio seguro.

A la mañana siguiente, los hombres de Guy de Gisborne descubrieron lo sucedido.

-¡Han escapado! -gritó uno de los soldados.

Las huellas les condujeron hasta el cercano bosque de Sherwood.

La noticia fue comunicada rápidamente al señor Guy de Gisborne, que se encontraba acompañado de Hugo de Reinault

-¡Maldito sea! ¡Ha conseguido escapar! ¿Qué podemos hacer para darle su merecido, Hugo?

-Nada por el momento. Ahora, Robin ya no es un peligro. Está recluido en el bosque. Sherwood es su prisión. Si sale de ahí, caerá en nuestras manos.

-Es cierto, Hugo. Ya no hay nada que temer: Pediremos al principe que lo declare proscrito, un ciudadano fuera de la ley. A él y a sus hombres, por supuesto.

-Brindemos, amigo, por las ganancias obtenidas: tierras, dinero, un castillo... Hay mucho para repartir entre todos -dijo el interesado Reinault.

Mientras tanto, Robin reflexionaba en Sherwood sobre todo lo que había ocurrido. No se arrepentía de nada. Volvería a actuar de la misma manera otra vez. Pero estaba preocupado: ¿Cuánto tiempo pasaría sin que pudieran salir del bosque de Sherwood? ¿Qué les habría ocurrido a Feldon y a los demás?

A los pocos días recibieron la visita de un pastor que había descubierto un camino sin vigilancia por el que llegar al bosque.

El pastor les contó que Feldon y cinco hombres más habían sido ejecutados. Todos los demás habían recibido crueles castigos y sus familias se morían de hambre.

-¡Lo sabía! No deberían haber creído al mensajero del señor de Gisborne -se lamentó Robin.

-Todos los que viven están arrepentidos de lo que hicieron, Robin -dijo el pastor-. La gente de la comarca admira vuestro comportamiento y quiere ayudaros. ¿Qué podemos hacer?

-Necesitamos más hombres y comida -dijo Robin-.

El pastor cumplió su promesa. Fue reclutando hombres jóvenes y les hizo llegar alimentos.

El grupo del bosque de Sherwood era ya bastante numeroso. Todos sus miembros juraron lealtad a Robin y se sentían orgullosos de estar a las órdenes del hombre más íntegro y justo del reino: Robin Hood -así apodado por la característica capucha que siempre lucía en su cabeza-. El hijo de Edward Fitzwalter

[capitulo 7

Poco a poco, el asentamiento en el bosque de Sherwood fue adecuándose a las necesidades de los que allí se encontraban. Primero construyeron chozas que les servían de cobijo y, cuando los días se hicieron más fríos, bien entrado el otoño, se vieron obligados a dotarlas de chimeneas para proporcionarse calor

Aun así, las ropas de Robin y sus hombres fueron convirtiéndose en auténticos harapos, y carecían de mantas con las que abrigarse durante la noche.

Robin decidió que había que solucionar este grave problema. Para ello era necesario ir a la ciudad y conseguir lo que necesitaban. Ninguno de los hombres de Robin estaba dispuesto a correr ese riesgo. Preferían seguir soportando el frío y las calamidades que padecían.

-Yo iré a Nottingham -dijo Robin-. Me disfrazaré de mendigo y traeré lo que necesitamos.

A pesar de que todos intentaron disuadirle, Robin estaba decidido y se puso en camino.

Llegó a Nottingham muy cansado. Sólo contaba con un puñado de monedas de escaso valor que había ido consiguiendo como limosna por el camino.

Entró en la tienda de un mercader y allí eligió ropa y calzado para todos. No sabía cómo arreglárselas para pagan Siguió mirando y mirando para darse tiempo hasta que se le ocurriera algo. De pronto descubrió una alfombra que le resultó familiar. Era una gran alfombra del castillo de su padre.

Un montón de recuerdos de su infancia se agolparon en su mente: su madre, su padre. . . Él y Mariana jugando sobre aqueIla preciosa alfombra... No pudo evitar que se le hiciera un nudo en la garganta y que sus ojos se llenaran de lágrimas.

-A ver, joven, son cuarenta libras -dijo el mercader con brusquedad.

Esas palabras sacaron a Robin de su ensimismamiento.

-Le doy estas monedas. Son todo cuanto tengo. Dentro de unos días le pagaré el resto.

-De ninguna manera. Yo sólo vendo al contado. No me fío de nadie.

-De alguien habrá tenido que fiarse, señor, cuando tiene una alfombra que perteneció a una familia a la que yo conocí hace tiempo. Sus bienes están confiscados y, por tanto, esa alfombra ha tenido que ser robada-dijo Robin pícaramente.

Al mercader no le gustó nada lo que acababa de oír. Pensó que aquel muchacho podía ser un enviado del príncipe Juan. Si lo denunciaban, lo ahorcarán. Era mucho lo que tenía que ocultar

-Si esto queda entre nosotros -propuso el mercader a Robin-, te dejo que te lleves lo que has elegido y te regalo esa alfombra

Robin no abrió la boca, y el mercader se vio obligado a seguir ofreciendo cosas intentando satisfacerle:

-Te daré también dos toneles de vino... y... dos sacos de harina.

-¿Cómo podré transportar todas esas cosas? -preguntó por fin Robin.

-Te llevarás ese caballo que está ahí. Pero no me denuncies, por Dios.

-Ándate con cuidado, mercader. La próxima vez puedes correr peor suerte.

Y Robin se fue con un caballo nuevo y con toda la mercancía.

En Sherwood, la alegría desbordó a todos cuando lo vieron aparecer sano y salvo y con aquel cargamento.

Robin colocó la preciosa y lujosa alfombra en su pobre choza. Ahora tendría un recuerdo de su feliz infancia.

Los días transcurrían plácidamente en Sherwood. Cazaban venados y recolectaban frutos pares alimentarse, recogían leña para procurarse calor y, de vez en cuando, recibían la visita de alguna persona del lugar que les traía algo de comida a veces como muestra de simpatía, o pidiendo su ayuda para que intervinieran ante los frecuentes abusos de poder que cometían algunos caballeros.

Cada vez se hicieron más frecuentes las acciones de Robin y sus hombres fuera del refugio del bosque de Sherwood. Se trataba siempre de actos en defensa de vasallos perseguidos por los barones normandos o incluso en ayuda de caballeros sajones, despojados constantemente de tierras y bienes por los ambiciosos secuaces del príncipe Juan.

Dado que Robin y sus hombres se veían obligados a intervenir en numerosas ocasiones, debían organizarse. Aun fuera de la ley, era necesario que todos tuvieran claro cómo actuar en cada caso y qué propósitos perseguían.

Para ello, Robin creyó conveniente poner unas normas que todos cumplieran por igual.

Movido por este deseo, un día Robin reunió a sus hombres y les comunicó sus planes:

-Compañeros, cada día son más las personas que acuden a nosotros en busca de auxilio. Como sabéis, estamos declarados proscritos. Efectivamente, no acatamos las normas del príncipe Juan, ni nunca lo haremos. En cambio, sí acatamos las leyes divinas y las tendremos siempre presentes. Serán nuestra verdadera guía. Nuestro fin ha de ser hacer el bien: socorrer a pobres y necesitados, luchar contra cualquier injusticia, respetar a mujeres, niños y ancianos, y atacar sólo en defensa propia.

Tras los calurosos aplausos con los que mostraron su total adhesión a las palabras de Robin, todos los hombres juraron cumplir aquellos principios.

Paulatinamente, el número de miembros de la banda de Robin había ido aumentando de manera considerable. Unas veces se unía a ellos algún joven que había presenciado una gloriosa acción; en otras ocasiones eran personas que penetraban en el bosque y pedían ser admitidas y, en todos los casos, eran gentes orgullosas de poder pertenecer al valeroso ejército de Robin Hood.

Entre los numerosos compañeros de Robin, había dos con los que se sentía especialmente identificado: John Mansfield y Much.

John Mansfield, al que todos llamaban Johnny, era un gran hombretón, alto y robusto. Estaba dotado de una fuerza sobrehumana y el mismo Robin había tenido oportunidad de comprobarlo en sus propias carnes.

Fue el día en que se conocieron. Robin, seguido de sus hombres en fila india, atravesaba un angosto puente sobre un río. Por el otro extremo avanzaba un desconocido. Como era imposible pasar a la vez en las dos direcciones, Robin le gritó que retrocediera. El bravo desconocido se negó a ser él quien lo hiciera, y se enzarzaron en una pelea. Robin fue derribado por aquella fuerza de la naturaleza. Aquel hombre era John Mansfield. Huía de los normandos, que le habían despojado de sus tierras, a iba en busca de Robin Hood para unirse a su banda. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que tenía a Robin ante él: el mismo al que había hecho besar el suelo.

Much, el otro hombre de confianza de Robin, era de baja estatura y escasa corpulencia. Lo contrario de lo que significa su nombre en inglés: "mucho".

Robin conoció a Much ante las ruinas de un molino. El hombre estaba con la cabeza agachada y la mirada perdida Robin se presentó. Al oír su nombre, el desconocido reaccionó y, entre lágrimas, le contó que soldados de Ralph de Bellamy llegaron en busca de trigo. Les dio cuanto tenía. Pero les pareció poco y le acusaron de estar guardando alguna cantidad para los proscritos. Quemaron el molino con su mujer y sus dos hijos dentro.

Much se sumó a la banda, donde encontró una nueva familia

capitulo 8

A pesar de los tristes acontecimientos que desencadenaron la existencia del grupo refugiado en Sherwood, la vida allí había ido normalizándose. Muchas familias habían logrado reunirse. Incluso muchos niños habían venido al mundo en aquel bosque. Además, todos se sentían miembros de una gran familia y todos se ocupaban de todos.

Recientemente se había incorporado a la banda el padre Tuck. Era un fraile que había vivido siempre solo, retirado en el campo. Muchas personas, tanto nobles como plebeyas, acudían a él con frecuencia a pedirle consejo. Su influencia en las gentes y su apoyo personal a los principios que defendían los proscritos de Sherwood, hicieron que las autoridades del príncipe Juan dictaran orden de captura contra él. Esto obligó al buen fraile a refugiarse también en Sherwood. Allí, sus aportaciones fueron muy importantes. No sólo celebraba misa todos los domingos, sino que unió a varias parejas en matrimonio, bautizó a muchos niños, se ocupaba de la educación de pequeños y mayores y, como tenía conocimientos de medicina, cuidaba de la salud de todos.

Aunque la vida cotidiana en Sherwood no era fácil, también había momentos para la diversión. Uno de ellos, quizá el más célebre, fue el día en el que Robin y algunos de sus hombres acudieron a un torneo de tiro con arco que se celebraba en una ciudad próxima.

Robin y los suyos se habían convertido en verdaderos expertos en el manejo del arco: única arma disponible en su refugio del bosque.

Todos los premios del torneo los acaparó el grupo de Sherwood. Finalmente, la última prueba, recompensada con una bolsa de monedas de oro, la superó sin dificultad Robin Hood para asombro de todos los presentes.

Cuando el alcalde de la ciudad entregó el premio al vencedor, le preguntó su nombre. Robin, vestido como un caballero y sin su típica capucha, contestó:

-Mi nombre es Robin Hood.

La carcajada fue general. Cuando las risas cesaron, el alcalde volvió a preguntar al ganador por su nombre.

-Señor, ya os lo he dicho. Mi nombre es Robin Hood.

El alcalde comprendió entonces que el desconocido no estaba bromeando. Llamó a gritos a sus soldados para que lo apresaran. Pero era demasiado tarde. Robin y los suyos habían huido a todo galope en sus caballos.

Otra de las más famosas y animadas aventuras de Robin, que demuestra su afán de diversión y su buen humor, comenzó un día cuando encontró en un camino a un anciano alfarero que iba a la ciudad de Nottingham a vender su mercancía

El anciano se mareó y cayó al suelo. Robin se acercó a reanimarlo. Le dijo quién era y le ofreció quedarse en el bosque de Sherwood. Mientras, él mismo iría al mercado y le traería el dinero de la mercancía que vendiese.

-Gracias, Robin. Puedo confirmar que lo que he oído sobre vos es cierto. Necesito el dinero para la boda de mi hija, pero está claro que no puedo continuar hasta Nottingham. Acepto vuestro favor y descansaré en Sherwood. Os advierto que hay una vajilla de oro muy valiosa entre los objetos de la carreta.

Robin llegó a la ciudad y pronto consiguió vender todo, ya que tanto la mercancía como los precios resultaron muy atractivos para las gentes. Sólo se reservó la vajilla de oro porque le rondaba una idea en la cabeza.

El interés de los objetos ofrecidos por el mercader llegó a oídos del corregidor Robert de Reinault, quien lo llamó a su palacio. Eso era, precisamente, lo que Robin tenía previsto.

Cuando el mercader traspasó las puertas de la mansión del corregidor ya nada quedaba de su mercancía, salvo la valiosa vajilla. Así se lo comunicó al señor, a quien por respeto al cargo que ostentaba se la ofreció como regalo.

Robert de Reinault, con ojos codiciosos, aceptó el obsequio e invitó al generoso mercader a cenar en su palacio aquella noche.

Hugo de Reinault, huésped de su hermano por aquellos días, también estaría presente en el banquete.

Robin obtuvo interesante información, que era lo que pretendía, en el palacio de Robert de Reinault. Supo que el precio por su captura o muerte era ya elevadísimo. Supo también que se preparaba una incursión a Sherwood, dirigida por Guy de Gisbome.

Tras la cena y el insistente agradecimiento, el humilde mercader se despidió de los hermanos Reinault y abandonó la ciudad. Por la mañana, los sirvientes del corregidor encontraron un pergamino con el siguiente mensaje:

"Robin Hood da sus más sinceras gracias al corregidor y a su ilustre hermano.

Y queda a la espera de poderles corresponder de la misma forma en el bosque de Sherwood!”

La cólera de los hermanos Reinault fue mayúscula. Los dos juraron odio eterno a Robin Hood y no descansar hasta verle muerto.

Robin llegó a Sherwood muy satisfecho por haber quedado al corriente de lo que se tramaba contra ellos y, así, tener tiempo para prepararse.

El pobre alfarero había muerto. Había dejado el nombre y la dirección de su hija, a la que poco después le fue entregado el dinero obtenido por la mercancía.

Unos días más tarde, los vigías de Sherwood vieron avanzar a los soldados de Guy de Gisbome. Corrieron a avisar a Robin Hood y éste dio las órdenes convenientes: se trataba de que todos permanecieran escondidos pacientemente en la espesura. No debían hacer ningún ruido

Los soldados se internaron en el bosque, pero ni rastro de Robin Hood y los suyos. El más absoluto silencio los acompañaba en la búsqueda. Llegó la noche y se detuvieron en un claro. Allí hicieron una gran hoguera y establecieron los turnos de vigilancia.

Al amor del fuego, los hombres empezaron a charlar de forma animada. Cuando callaban, oían sobrecogidos los ruidos del bosque. Aquello les hacía seguir despiertos a pesar del cansancio que sentían tras la dura jornada.

La conversación iba decayendo y muchos empezaban a quedarse adormecidos, rendidos por el sueño. Era ya bien entrada la madrugada.

De pronto empezaron a oírse extraños ruidos, y los intranquilos hombres de Gisborne se despertaron sobresaltados. Al poco vieron entre los árboles unas sombras blancas semejantes a duendes o fantasmas. Espantosas carcajadas, que parecían salir de ultratumba, acompañaban estas terroríficas visiones.

Los hombres, bien juntos, con los pelos de punta y temblando de pavor, tuvieron que sufrir aún que un grupo de estos fantasmas se abalanzaran sobre ellos y empezaran a molerles a palos.

Los confundidos soldados huyeron despavoridos en medio de la oscuridad de la noche y deambularon por el bosque hasta que, al amanecer, lograron alcanzar la salida.

Sobra explicar que los fantasmas venidos del otro mundo eran Robin y sus hombres. Todo había sido una genial idea del héroe de Sherwood.

El suceso corrió como la pólvora por toda la comarca. Y la expedición de Gisborne fue motivo de burla para las gentes del lugar.

capitulo 9

Había pasado mucho tiempo desde que Ricardo Corazón de León partiera a las Cruzadas. Inglaterra había cambiado mucho bajo la regencia del príncipe Juan y no se tenían noticias del rey.

Cuando todos pensaban que habría muerto en la lucha contra los infieles, se supo que el legítimo rey de Inglaterra estaba vivo, aunque prisionero del rey Enrique de Alemania.

Ricardo Corazón de León fue detenido por soldados de Leopoldo de Austria y posteriormente entregado al rey alemán. En el momento de su detención iba acompañado de su buen amigo el príncipe David de Huntington, futuro rey de Escocia, conocido como sir Kenneth.

Sir Kenneth intentó defender a su rey y cayó gravemente herido. Los soldados austríacos prendieron a Ricardo y abandonaron a su amigo, dándolo por muerto.

Sin embargo, sir Kenneth se salvó gracias a un campesino que lo encontró y lo llevó a su choza, donde se restableció por completo.

Consciente de la gravedad del asunto, sir Kenneth, nada más recuperarse, centró todos sus esfuerzos en conseguir la liberación del rey Ricardo. Por ello, se dirigió a Roma para interceder ante el Sumo Pontífice.

Allí se enteró de que Ricardo no estaba en Austria, sino en Alemania, y que el rey Enrique había pedido un fuerte rescate por su liberación.

En efecto, a la corte inglesa había llegado un mensaje del rey alemán en el que se daba cuenta del cautiverio de Ricardo Corazón de León y de la suma exigida para su puesta en libertad.

Juan sin Tierra, ante la reina madre y la esposa de su hermano, declaró que pondría todo su empeño en recaudar fondos, por medio de más impuestos, para salvar a Ricardo, ya que las arcas del reino no disponían de esa exorbitante cantidad.

-Yo venderé mis joyas, Juan -dijo la reina madre-, para restituir en su trono al legítimo rey de Inglaterra. En cuanto a la recaudación de impuestos, sólo te pido que no se haga recaer todo el esfuerzo sobre los humildes. Son los señores, normandos y sajones, los que más deben y pueden aportar

Toda Inglaterra condenó sin reservas la acción del rey alemán. En general, la gente del pueblo fue la que se sintió más afectada. Veía alejarse la posibilidad de que cambiara su situación con la vuelta del buen rey.

Comenzó por todo el país la recaudación de impuestos en favor de Ricardo Corazón de León. Era la gente humilde la que pagaba con mayor satisfacción. Sentía que colaboraba con una causa justa. Tenía la certeza de que su suerte cambiaría si se conseguía la liberación del rey.

Se logró recoger una suma respetable entre los impuestos y la venta de las joyas de la reina. Aun así, no se alcanzaba la cantidad exigida por el rey Enrique.

Juan sin Tierra, reunido con sus incondicionales, no tenía dudas sobre los pasos que se habían de dar.

-Se seguirán recaudando impuestos en favor de mi hermano, pero ese dinero jamás llegará al rey alemán. Ricardo no conseguirá nunca su libertad.

Pasó el tiempo y la gente empezó a cansarse de pagar tributos bajo el pretexto de liberar al rey. Había un hecho claro: el rey seguía cautivo. El príncipe Juan no daba explicaciones a nadie y existían serias dudas sobre sus verdaderas intenciones.

La reina madre comenzó a dudar de la labor que estaba realizando el príncipe para liberar al rey. Algunos rumores que habían llegado a sus oídos y su propia intuición le decían que Juan sin Tierra prestaría un flaco servicio al desdichado Ricardo.

Así pues, mandó a lady Edith que viajara a Escocia y esperara allí a su prometido David de Huntington, del que desconocían su paradero.

-Quizá desde Escocia tengáis que prestarnos ayuda si Juan llega a usurpar la corona a su hermano -dijo la reina madre-. Berengaria permanecerá conmigo a la espera de acontecimientos.

Mientras tanto, David de Huntington, sir Kenneth, consiguió que el Papa mediara ante el rey Enrique para que Ricardo Corazón de León fuese liberado.

El rey alemán recibió una dura reprimenda del Pontífice y no pudo negarse a obedecer El rey de Inglaterra quedó libre a pesar de que su propio hermano había intentado evitarlo.

A los pocos días, Ricardo y sir Kenneth se reunían emocionados en Roma.

Tras un efusivo abrazo, el rey pidió a su amigo que le contara todo lo que supiera de Inglaterra,

-Majestad, envié a un mensajero y tengo noticias recientes. La reina madre y vuestra esposa se encuentran bien. Vuestra prima Edith me espera en Escocia. . .

-Espléndido. Todo son buenas noticias -interrumpió Ricardo.

-Siento, señor, tener que daros otras no tan buenas. Nada, nada buenas -dijo sir Kenneth con tristeza-. Habréis de saber que vuestro hermano se ha repartido con sus hombres de confianza el dinero recaudado para vuestro rescate.

-Entonces, ¿he sido liberado sin haber satisfecho las condiciones que exigía el rey Enrique?

-En efecto, así es. Gracias a la intervención papal.

-Continuad, sir Kenneth, os lo ruego. Me interesa saber todo lo que ocurre en mi añorada Inglaterra.

-Majestad, en todo este tiempo que lleváis fuera, los abusos del príncipe y sus barones han hecho que proliferen de nuevo las revueltas. Incluso existe una banda de proscritos que ataca constantemente a los intereses de vuestro hermano. Se oculta en el bosque de Sherwood y el jefe es conocido como Robin Hood.

-¿Robin Hood? ¿No será Robin Fitzwalter? -preguntó el rey extrañado.

-Creo que es él, señor.

-¡El hijo del conde de Sherwood! ¡El amigo de Richard At Lea! ¡Dos caballeros de gran lealtad hacia mi persona! ¿Qué puede haber ocurrido para que Robin esté actuando fuera de la ley?

-La ley, señor, ha dejado de existir en Inglaterra. Lo único que importa es el interés personal del príncipe y sus hombres de confianza.

-Sir Kenneth, nadie debe saber que he sido liberado. Regresaré a Inglaterra de incógnito para conocer por mí mismo lo que está ocurriendo.

-Me parece una sabia decisión, majestad. Os acompañaré.

-Gracias, amigo. Pero vos iréis a Escocia y seréis coronado rey. Tal vez necesite de vuestra ayuda.

-Podéis contar conmigo para lo que preciséis en todo momento, señor.

Los dos amigos se despidieron fundiéndose en un fuerte abrazo. Muy pronto, cada uno de ellos estaría en su respectivo país.

capitulo 10

Había pasado mucho tiempo desde que Mariana At Lea fuera trasladada al castillo de Hugo de Reinault. Ella no había sabido nada de la visita de Robin. Sólo sabía que su padre había ido a Tierra Santa y que, en la actualidad, el señor de Reinault era su tutor.

Aunque no gozaba de sus simpatías, Mariana pensaba que si su padre había confiado en él, tendría razones para ello. Por eso se limitó a esperar. Pasaba sus días leyendo y realizando alguna labor, recluida en sus aposentos, sin contacto con nadie.

Una tarde, el señor Hugo de Reinault subió a verla y le dio la triste noticia de que el barco de su padre había naufragado. Nada se sabía de él.

Mariana enjugó sus lágrimas y recibió el pésame del señor de Reinault.

-Gracias, señor. Sé que apreciabais a mi padre. Él también os quería y confiaba mucho en vos.

Hugo de Reinault creyó conveniente aprovechar la oportunidad para hablar con Mariana de su futuro. La joven estaba a punto de ser mayor de edad y, cuando esto sucediera, él perderá la ocasión de poder influir en sus decisiones y seguir administrando sus bienes.

-Querida Mariana, ya sé cómo os sentís. Pero tenéis que reponeros. La vida sigue. Debéis ir pensando en casaros ...

-¿Casarme? No pienso hacerlo de momento. Además, en los documentos que me habéis mostrado, mi padre pedía que yo ingresara en un convento hasta que él volviera.

-Vuestro padre no volverá, Mariana... Bueno, es improbable que vuelva. Yo soy vuestro tutor y, entre mis obligaciones, entiendo que está el preocuparme por vuestro futuro.

-Gracias, señor de Reinault. Pero, por ahora, el matrimonio no entra en mis planes -dijo Mariana con gran seguridad.

"Ya haré yo que cambies esos planes, joven estúpida" -se fue pensando el ambicioso caballero.

Hugo de Reinault tenía ya todo decidido en relación con Mariana. La casaría con el señor Ralph de Bellamy, barón adepto a Juan sin Tierra.

Pocos días después de producirse la conversación con la joven At Lea, Hugo visitaba al barón de Bellamy en su castillo y le comunicaba sus proyectos.

Ralph de Bellamy, tan codicioso como su amigo, consideró que era una magnífica oportunidad para negociar las condiciones de este interesante ofrecimiento. No estaba dispuesto a aceptar una esposa sin obtener unos buenos beneficios. Además, las propiedades y bienes de los At Lea no eran nada despreciables.

Tras un largo regateo, como si de una mera transacción comercial se tratara, los dos caballeros llegaron, por fin, a un acuerdo. Ralph de Bellamy recibiría dos tercios del patrimonio de la joven. El otro tercio quedaría en manos de Hugo.

Por su parte, Ralph de Bellamy quedaba comprometido a colaborar, con un gran número de hombres armados, en la nueva expedición al bosque de Sherwood que estaban preparando los hermanos Reinault y Guy de Gisborne.

A pesar del gran sigilo con que fueron llevadas estas negociaciones, Robin, que tenía amigos dispuestos a informarle por todas partes, consiguió enterarse de lo que se tramaba. Sólo tenía que esperar a entrar en acción para salvar a Mariana y dar su merecido a esos caballeros sin escrúpulos que actuaban como auténticos bribones.

Hugo de Reinault decidió que fuera Guy de Gisborne el encargado de trasladar a Mariana hasta el castillo de Ralph de Bellamy, donde se celebraría el matrimonio. Irían protegidos por una fuerte escolta. Todo había de hacerse con rapidez, ya que faltaban apenas dos meses para que la joven llegara a su mayoría de edad. Nada podía fallar.

Llegó el día señalado, y Guy de Gisborne y Hugo de Reinault entraron en las dependencias reservadas a la joven.

-Marian y, hoy iréis a conocer a vuestro pretendiente: el barón Ralph de Bellamy

-iCómo? ¿El señor de Bellamy? -preguntó incrédula-.Nunca será mi esposo. No me interesa conocerlo. Su fama en toda la comarca es suficiente pares mí. No quiero casarme, ¡y menos con ese cruel caballero! Ingresaré en un convento. Ése es mi deseo.

-Os casaréis con Ralph de Bellamy, queráis o no queráis -gritó con violencia el señor de Reinault.

-Vamos, Mariana- intervino Guy de Gisborne-. Yo os conduciré al castillo de vuestro prometido. Conmigo estaréis a salvo.

-La bodas se celebrará dentro de tres días -anunció Hugo de Reinault-. Yo saldré mañana. Seré vuestro padrino, como me corresponde.

Mariana no pudo oponerse más. Se vio obligada a obedecer. En ese momento entendió quién era en realidad el señor de Reinault Su

sirena

kari

esta foto se la dedico a mi amiga sara una buena amiga y compañera, espero no enfadarme con ella nunca, su blog esta en amigos.

momoco